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20 Minutos

Inventar nuestros recuerdos

ALFONSO MARESCHAL | 9/8/2017
Era el argumento central sobre el que descansaba Desafío total en 1990, la película protagonizada por Arnold Schwarzenegger y Sharon Stone en la que se exploraban los peligros de la implantación de falsos recuerdos en el córtex cerebral. También fue el punto de partida del cuento Podemos recordarlo todo por usted, que escribió el autor norteamericano Philip K. Dick en 1966. Se supone que ambas historias estaban relacionadas entre sí, pero, como sucede constantemente en la vida, una terminó siendo más real que la otra. ¿La razón? La misma de siempre: no todas las experiencias nos marcan por igual, y ya ni siquiera es necesario que nos ocurran de verdad para que sean tan importantes como el resto.

Tanto en el filme como en el relato, su personaje principal, Douglas Quaid, quería viajar a Marte y recorrérselo en familia. Su esposa, sin embargo, se había opuesto tan rotundamente que la única opción que le quedaba era implantarse el falso recuerdo en una clínica especializada, teniendo la mala suerte de que, al ir, los encargados se confundieron de paciente y le introdujeron una idea distinta: que era un espía al que habían descubierto hace poco y al que todo el mundo quería exterminar. Imagíneselo usted… es como querer irse a la playa de vacaciones y terminar huyendo del calor en la sección de congelados de un centro comercial. No obstante, y salvando las distancias, la situación no era tan rara como pudiera parecer.

Según contaba la psicóloga Elizabeth Loftus en una entrevista realizada para la publicación New Scientist en 2013, "dependiendo del estudio, puede llegar hasta el 50% la cantidad de personas que tienden a desarrollar una memoria falsa –total o parcial- a partir de los recuerdos implantados". Está claro que no es una cuestión de cirugía, pero el cerebro humano desarrolla recuerdos que, por muy imposibles que resulten, creemos tan reales como nuestro propio pasado.

En cierto sentido es algo evidente. Si lees cualquier autobiografía te quedarás sorprendido con la cantidad de detalles que recuerda su autor, especialmente los que le ocurrieron cuando tenía unos meses o cuando ni siquiera había salido del vientre materno; algo imposible de evocar a menos que utilices un poco de imaginación. El mejor ejemplo es el que nos contaba Gabriel García Márquez en sus memorias, en las que recordaba una marcha militar que se había producido cuando él era pequeño. Según su experiencia, el hecho había sido tan real como su primera caída; pero, según los datos oficiales, nunca pudo llevarse a cabo en el preciso instante que defendía. Tal y como dejó escrito: "El recuerdo es nítido, pero no hay ninguna posibilidad de que sea cierto". Y así es como funcionamos los demás.

En este sentido, el profesor Bryan Boyd aclaró en su libro On the Origin of Stories (sobre el origen de las historias), que "el fracaso de la memoria episódica para reproducir nuestras propias experiencias no parece ser una limitación de la memoria, sino un diseño adaptativo". Al fin y al cabo, cada palabra que sale de nosotros tergiversa las cosas y hace que nos inventemos -como mínimo- la narración de unos hechos que sucedieron por sí solos. En esencia, es lo que defendía Samuel Bekcett en Molloy: "Decir es inventar. Sea falso o cierto"; y, gracias a la misma fórmula, sabemos que cualquier recuerdo que nos asalte tendrá algo de mentira, sobre todo si acaba volcado en el papel. No obstante, es la manera que tenemos de encadenar nuestras historias y nuestras experiencias: a través de la imaginación. Y no es algo inconsciente, pues sabemos que, en muchas ocasiones, la ficción acaba siendo más real que nuestros sentidos. Lo único que hay que hacer es andarse con ojo y procurar no vivir en una mentira… El resto, por ahora, se puede controlar.
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