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Pierre Niney, presente y futuro del cine francés

JAIME DE LAS HERAS | 1/1/2017
Puede que algunos al entrar piensen que estamos exagerando. Cuando uno se pone a medir la relevancia del cine francés a nivel mundial es plenamente consciente de que habla del segundo cine (occidental) más importante del mundo. Puede que para algunos, demasiado puristas, sea el primero. Pero esa no es nuestra batalla.

De hecho hoy pretendemos sustituir los rifles por cámaras y los tanques por focos, todos esos que alumbran a Pierre Niney como lo que es, el heredero de los Delon, Auteuil, Cluzet o Cassel. Sí, es cierto –y hacemos acto de contrición- que cada década nos empeñamos en despuntar un nuevo talento del cine galo al que creemos como el Mesías.

Lo hicimos con Romain Duris y lo hizo Francia en la pasada década (y no nos faltaba razón). Lo hicimos con el alumbramiento maravilloso del propio Vincent Cassel en los noventa y lo hicimos con el malogrado Simon de la Brosse en los ochenta.

Y Pierre Niney sigue esa estela. Crecido sobre las tablas de la Comédie-Française y vestido de teatro, Niney se lució con algunos de los papeles clásicos más representativos del repertorio europeo como en la Fedra de Racine o La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht. Méritos que además atesoró siendo el más joven de toda la troupe.

Pero nos interesa el cine. Ese al que Niney ha dotado de nueva naturalidad y ha sabido envolver en torno a un halo de clasicismo la modernidad. El perfil de Niney no engaña, es de educación clásica, es de un hombre que sabe declamar y que sabe, por lo vivido en el teatro, que la primera impresión en la primera toma siempre será la mejor.

Por eso bajo su espigada figura se alterna lo mejor de la enseñanza sobre las tablas con las peticiones de guiones más modernos que el cine demanda. El resultado es sencillamente brillante, independientemente del trabajo en el que le veamos.

Le descubrimos en Nos 18 ans (2007), una de tantas películas corales de juventud que fluyen en el cine francés con tanta frecuencia, y ya comprendimos que se trataba de alguien a quien los repartos masivos le estrechaban. Llegó el espaldarazo de LOL en 2009 pero Niney aún tenía mucho que decir.

Pronto salió del arquetipo de jovencito resultón con buen aspecto de Distrito 8 (aunque él creció en el 14º) y se distinguió en esas tragicomedias del cine francés que mezclan algo de amor y celos con, a ser posible, alguna diferencia de edad. Así llegó J’aime regarder las filles (2012) y la primera nominación a los Cesar.


J’aime regarder les filles de Frédéric Louf, 2011.

De ahí al cielo y a volver a ser nominado en 2013 por Comme des frères y a consagrarse como el gran revolucionario de la pantalla francesa. En Niney se mezclaban un porte de galantería refinada con la frescura del siglo XXI, convirtiéndolo en una suerte de Delon sin gabardina con ese deje cansado e involuntario del actor francés.

Y llegó la prueba de fuego con Yves Saint Laurent. La escena francesa se batió en duelo en 2014 produciendo al mismo tiempo dos películas sobre el genial modisto. El resultado fue devastador para ambas producciones. En una se medía Gaspard Ulliel (con el que le une el hecho de ser ‘paisanos’) bajo el nombre de Saint Laurent y en la otra estaba Niney entre los carteles de Yves Saint Laurent. La crítica fue implacable con ambas pero destacó la luz y naturalidad de Niney que eclipsaba a un Ulliel más forzado.


Yves Saint Laurent de Jalil Despert, 2014

De aquella victoria sacó Niney un premio César y la consolidación como el nombre más prometedor de la cinematografía francesa. La prueba está en todo lo que ha llegado desde ese momento y que ha hecho que Niney no pueda parar ni un segundo.

La trágica El hombre perfecto de 2015 le sirvió para terminar de confirmar un ascenso que le permitía ir más allá de su figura y los cuatro estrenos alumbrados en 2016 dan fe de un actor en estado de gracia.


El hombre perfecto de Yann Gozlan, 2015.

Al mismo que hemos podido ver en la española Altamira y que ahora tenemos en cartel con un blanco y negro sensacional de François Ozon en Frantz. Posiblemente nadie mejor podría entender el momento y la forma de ser de Niney que el gran enfant terrible de la dirección francesa de los últimos 20 años.

Si tienen un hueco y quieren saber de cine, déjense caer por una sala, descubran Frantz y comprueben de lo que es capaz Pierre Niney y sabrán por qué su nombre olerá a Oscar en la próxima década.
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