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El elegante termalismo checo

José María de Pablo | 15/11/2016
Venir a tomar las aguas al noroeste de Bohemia, en la actual República Checa, era el plan más sofisticado entre el siglo XVIII y la Primera Guerra Mundial. Familias reales y cortesanos de los imperios centroeuropeos y hasta de Rusia y Gran Bretaña elegían las aguas termales de Karlovy Vary para reponerse de los desajustes corporales que su rutina diaria (una inoportuna rebelión de súbditos, una esposa incapaz de engendrar un varón…) les producía.


La ciudad balnearia que creció alrededor de estas aguas termales con beneficios testados para solventar trastornos metabólicos tenía, y aún lo conserva, el aspecto acorde a los visitantes. Alrededor de las 12 fuentes curativas de Karlovy Vary se construyó un escenario teatral integrado por caprichosas columnatas, hoteles y elegantes bloques residenciales bautizados con nombres curiosos como Reina Bonita, Madrid (¡?), Conejo Blanco o Elefante Dorado.

Según la leyenda, las aguas de Karlovy Vary fueron descubiertas accidentalmente por Carlos, rey de Bohemia y cabeza del Sacro Imperio Romano en el siglo XIV. La tradición de usar el agua y sus minerales con fines sanitarios está tan arraigada en Centroeuropa que la balneoterapia está cubierta como una especialidad médica más en sistemas públicos de salud como el de la República Checa, donde se ha creado una taza con pajita de porcelana incorporada diseñada solo para libar las aguas termales.

Entre las elegantes columnatas y pérgolas neoclásicas que protegen las 12 fuentes de de las inclemencias meteorológicas uno se puede revivir anécdotas históricas ocurridas en Karlovy Vary: el desengaño amoroso de un anciano Goethe, enamorado de una adolescente; la pompa y boato que acompañó el baño que el emperador austrohúngaro Francisco José tomó en el Balneario Nº 1; el día que se abrió al público el Grandhotel Pupp, aún en funcionamiento, establecimiento en el que los autores de la película El gran hotel Budapest se inspiran para situar la acción, inspirada a su vez en el universo descrito en las novelas del autor austriaco Stefan Zweig; o cuando en el Balneario Nº 3, hoy sede de la orquesta filarmónica de Karlovy Vary, donde tuvo lugar el estreno europeo de la 9º sinfonía del Nuevo Mundo del compositor checo Antonín Dvořák.

Igual de delicadas que las notas de la música de Dvořák son las manos de los artesanos de Moser, la fábrica de cristal de Bohemia, capaces de moldear y tallar a mano al día cientos de piezas (copas de vino, fruteros, jarrones…) con destino a las exclusivas mesas del planeta. El aire caliente de la nave donde está el horno a 1.200º crea una atmósfera que te lleva directo a la revolución industrial.

De Karlovy Vary nadie se puede ir sin probar Becherovka, un licor creado por el farmacéutico Becher hace más de 200 años. En la destilería original se ha creado un museo en el que se fantasea con la fórmula secreta y su historia. Dos chupitos al día era la dosis recetada para mejorar la digestión de sus clientes. El éxito del brebaje, que contiene 38º de alcohol, ayudó a sacarlo de los anaqueles de la farmacia del señor Becher a las barras de los bares de todo el mundo.

Camino de Marianske – Laznè, segundo balneario más importante de la región célebre por su colonnade y su fuente musical, hay que visitar Loket, un pueblo encaramado sobre el meandro de un río que se ha conservado tan auténtico que cada poco sus calles se convierten en plató de películas como Casino Royal, de la saga de James Bond, que también contiene escenas rodadas en Karlovy Vary.

A la entrada del pueblo está el restaurante Svaty Florian, donde además de destilar su propia cerveza y poseer la mayor colección del mundo de tazas para beber aguas termales, poseen un "horno eslavo", un gran horno excavado bajo tierra donde cada jueves a las 5 de la tarde se cuece lentamente la carne de un cerdo adulto regado con cerveza. Una verdadera delicia tierna que marida a la perfección con cualquiera de las cervezas de la casa.

Otro interesante secreto se escondió bajo el Castillo de Bečov, una aldea a 20 km de Loket hasta que en los años 80 la policía checoslovaca logró descifrar la ubicación del relicario de San Mauro, una joya medieval única escondida por el propietario del castillo, un noble filonazi, al final de la II Guerra Mundial. Durante 40 años nadie, salvo el propietario, sabía de la existencia de la pieza de orfebrería que contenía restos de cuatro santos hasta que un norteamericano llamó a la embajada de Checoslovaquia pidiendo dinero a cambio de informar de la ubicación de un tesoro oculto en Bečov. En 1985 los investigadores checos lograron dar con el relicario bajo el suelo de la capilla junto a las 135 botellas de vino de la colección privada del huido propietario del castillo.

Para saber más sobre Karlovy Vary y su provincia podeis visitar la web de la Oficina de Turismo de la República Checa.

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