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¿Qué es la ‘economía gig’?

ALFONSO MARESCHAL | 10/5/2017
Tiene muchos nombres: economía de intercambio, economía de concierto, economía de plataforma o, incluso, economía de los pequeños encargos; pero suele conocerse, en los países anglosajones, como la "gig economy". No se preocupe si no le suena, porque estoy seguro de que alguna vez ha oído hablar de ella, y es muy posible que hasta la haya llegado a disfrutar. Uber, Airbnb, Blablacar, y otras muchas empresas inscritas en el mercado online de servicios (muchas de las cuales no tenemos todavía en España, como es el caso de Taskrabbit), son los ejemplos más claros de este nuevo modelo de negocio. Pero, ¿de qué trata?

La "gig economy" podría definirse como una especie de mercado de trabajo en el que predominan contratos a corto plazo, en el que se desempeñan tareas puntuales y de manera independiente. Estos puestos de trabajo son diferentes a los que tienen una duración fija, ya que cuentan con una flexibilidad de horarios y no se encuentran tan regulados. Por ejemplo, los sujetos que ofrecen sus servicios en este nuevo sistema no cobran un salario regular, sino que cobran en función de la actividad que realicen: un trayecto en coche, un servicio de mensajería, el alquiler de un apartamento durante tres días, etc. Suelen cobrar, además, a partir de sistemas de pago integrados en aplicaciones móviles, donde también podrán puntuarse sus aptitudes y recomendarse sus habilidades.

Los defensores de este sistema económico argumentan que sus trabajadores trabajan cuando quieren, disponen de su tiempo de una manera mucho más libre, pueden priorizar sus compromisos al margen de un horario fijo, y que, al fin y al cabo, pueden organizar su vida como les plazca, sin rendir cuentas con nadie. Los detractores, por otro lado, dicen que es algo malo para nosotros como consumidores, pues la gente que se encarga de según qué tareas no tiene que certificar una formación acorde al desempeño de las mismas. Y tampoco es bueno para ellos como trabajadores, pues no existe una empresa detrás que cargue con los gastos, sino que son ellos mismos quienes tienen que asumirlos, obligándoles a trabajar mucho más para poder cubrir todas sus deudas. Las empresas, para que nos entendamos, son las que cobran más, pues se llevan una comisión por cada actividad, pero no cubren las posibles desavenencias que puedan sufrir sus "empleados". Y tampoco garantizan la seguridad de sus usuarios.

En cierto sentido, la "economía gig" parece beneficiarse de situaciones desesperadas. Ofrece servicios a bajo coste que casi no suponen beneficio para quienes los ofertan. Son una ganga para nosotros, que somos los que contratamos, pero también una forma costosa de subsistir para los trabajadores. Algo que puntualmente puede funcionar, pero que a largo plazo creará problemas de competencia y rentabilidad, y sólo afectará a los eslabones más débiles de la cadena, que en principio eran quienes más se iban a beneficiar. Tal y como concluyó Nathan Heller en un artículo publicado en The New Yorker, "para muchos trabajadores ‘gig’, su sueño sigue escapándose. (…) La ‘gig economy’ es una economía solitaria".
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