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Poesía, subastas millonarias y la historia detrás de Rimbaud y Verlaine

DANIEL AVENIDA | 3/12/2016
Verlaine lloraba y Rimbaud no comprendía nada, y observaba el cañón del revolver con el que el poeta le apuntaba mientras le decía "¡Aquí tienes tu merecido! ¡Así aprenderás a largarte!", y trataba de hacer que Verlaine se calmase, tan borracho como iba, y le viera como le había visto estos años, y le mirase como le había mirado, y que aquello se detuviera para volver a abrazarse, en mitad de la cama, donde minutos atrás estaban tumbados, hablando de eso que la gente enamorada llama "eternidad".

Se habían querido, más allá de lo que uno puede soportar, incluso cuando se es poeta y lo guarda todo, para después volcarlo en una hoja y hablarle al mundo de lo que todos sienten pero no son capaces de explicar.

Londres les hizo felices, con su absenta y sus noches en vela y su anonimato frente a las miradas. Pero atrás dejaron demasiadas cosas, y Verlain había abandonado a su mujer y a su hijo por estar con Rimbaud, y se marcharon tan lejos como pudieron para ser quienes eran, juntos, aunque los errores se agarran a los tobillos y te persiguen allá donde vayas para hacerte tropezar y fracasar y querer volver y quedarte al mismo tiempo, hasta perder la cabeza frente a un joven de 19 años al que no puedes olvidar.

Por eso Verlaine lloraba en aquella habitación de hotel, y Rimbaud sabia cuanto le quería, a pesar del arma que le apuntaba directo, antes de sonar dos veces y notar cómo se le abría la muñeca y se llenaba el suelo de sangre, y cómo volaban pequeños trozos de pared para caer junto a él. Después llegó la policía y se llevó a Verlaine, y la madre de éste, que dormía en la habitación de al lado, se quedó con Rimbaud y vio a su hijo desaparecer.

Aquello fue el final de la historia, aunque Verlaine escribió muchos poemas durante los dos años que pasó en la cárcel y Rimbaud terminó "Una temporada en el infierno", el libro que había comenzado cuando llegaron a Londres.
Hace unos días vendieron el arma en una subasta. Una voz al otro lado del teléfono se hizo con la pieza, y pagó 435.000 € por ella.

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