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Álvaro Urquijo: “Mi hermano era un enfermo mental”

SERGIO F. NUÑEZ | 15/2/2017
En esto creo, con Álvaro Urquijo, el cantante y compositor de Los Secretos. Analizamos su carrera, sus inicios en la música y cómo la tragedia ha estado presente en su vida. Han marcado la música en los años 80, dieron el pistoletazo de salida a La Movida madrileña y ponen banda sonora a buena parte de nuestros recuerdos. Su voz, de nuevo, única protagonista.



Nunca decidí dedicarme a la música, más bien la música dirigió mi camino. Yo era el pequeño de tres hermanos y mi padre, que tenía un buen equipo para aquella época, nos lo inculcó. Cuando los Reyes Magos dejaron de venir a mi casa él me daba dinero con una condición, que me comprara discos, casetes o libros. Con 1.000 pesetas nos podíamos comprar hasta cuatro LP.

Mi padre quería que fuéramos aficionados a la música porque le parecía apasionante, pero jamás pensó que nos lo hubiéramos tomado tan al pie de la letra. Hubiera llevado mal que los tres hijos dejaran los estudios por algo tan incierto en aquella época.

Llegué hasta segundo de Ciencias de la Información
, Enrique hasta segundo de Económicas y Javier hizo primero de Medicina. Hasta siete años después de sacar un disco no me pude independizar, porque los primeros años sirvieron para pagar facturas de guitarras a plazos, un amplificador y nuestros gastos.

Renuncié a la vida de adolescente siendo la mano derecha de mis hermanos, que tomaban todas las decisiones, y yo las completaba. Era el que afinaba las guitarras, hacía los arreglitos en la sombra… y acabé grabando todas las guitarras.

La elección del nombre no es una historia demasiado interesante… Tenías que tener uno transgresor e hiriente para ser transgresor e hiriente. Mientras unos se llamaban Caca deluxe o Mermelada de lentejas nosotros queríamos ser Tos. Viendo que no nos gustaba hicimos una lista larga y por eliminación mis hermanos mayores eligieron ése.

Con 17 años no estás preparado para que se muera un amigo, casi un hermano. Él [Canito, el baterista del grupo] era el motor. Se lo llevó un accidente de tráfico desafortunado. Amigos que coincidíamos en bares decidimos hacerle un homenaje y se nos escapó de las manos porque no sabíamos que se iba a televisar. Fue un poco improvisado, tanto que ese mismo día nos dimos cuenta de que no teníamos luces. Aquello fue nuestra catapulta, pues a los tres meses todos los que participamos teníamos un contrato discográfico, algo que sorprendió a propios y extraños.

A todos nos sacudió la época, las sustancias que se manejaban y el tipo de vida que llevábamos, unos con mejor pie que otros. La novedad nos golpeó e hizo muchos estragos muy difíciles de superar y curar. Tengo mal recuerdo por esa parte.

Era la novedad, el desconocimiento absoluto. Fue algo dramático que los libros de historia tendrán que recoger. Pero no fue sólo un problema de España; trajo el SIDA y basta ver la biografía de los Eagles para ver que se ponían hasta las trancas...

Tuvimos la suerte de que una de las canciones de Enrique se convirtiera en un hit, hablo de Déjame. Él le cogió manía inmediatamente; nosotros no, aunque no nos gustaba especialmente. En el 80-81 fuimos solicitados por el público femenino.

En cuatro años acabamos agotados, desfondados y muy decepcionados. No pertenecíamos al mundillo almodovariano de La edad de oro. Éramos de la antigua escuela, nos decían que olíamos a vaca, a country. Nos vimos fuera de lugar, y la suerte fue que el tirón del tecno no aguantó hasta finales de los 80 y hubo un revival de la música americana. Enrique me dijo, al quedarnos solos, que teníamos que volver a lo que sabíamos hacer. Reunimos una banda nueva.

No me gusta hablar de ello. Que mi hermano faltara es el mazazo más grande que puede llevarse una banda y un hermano. No hay día que no me acuerde de él. Pero hay que pensar en el bagaje que teníamos detrás y, lejos de ser un toxicómano, era un enfermo mental con unas depresiones muy gordas que empezó a tratar 12 o 13 años antes de aquel desenlace. Murió cuando mejor estaba. Lo que se lleva a los artistas no son sobredosis, sino mezclas muy mal hechas. Él tomaba medicinas muy fuertes, legales y recetadas que en su momento las utilizó a puñados y no pasaba nada, pero luego resultaron un cóctel explosivo. Su muerte fue injusta, un accidente y para nada una consecuencia de su actitud vital. Un toxicómano no hubiera tenido tiempo de hacer tantas buenas canciones, pero tenía altibajos muy grandes que eran muy duros de llevar.

Cuando murió tiré el móvil, guardé bajo llave las guitarras y apagué el tocadiscos. La situación económica que dejó mi hermano no fue la mejor, como la de cualquiera que falta antes de tiempo. ¿Qué pasó? Que su hija tuvo una deuda de 35 millones de pesetas. En el año 2000 hicimos un disco homenaje para juntarnos en el que el mundo quiso participar. El objetivo era pagar las deudas de la niña, y cuando estuvieron cubiertas se dejó de promocionar. Lo que cogimos a cambio fue volver a tocar en el escenario. 75 conciertos después grabamos el primer disco sin Enrique. De tapadillo, aquello fue un escondite perfecto para un cobarde que no se atrevía a subir al escenario sin el acogimiento y beneplácito de las canciones de su hermano.

Pero a tu lado fue la última canción que compusimos con Enrique. La terminamos deprisa y corriendo y nunca quiso cantarla. Cuando murió se convirtió en el tema más oído, descargado… y fue obra de la gente. Nunca fue un éxito, el público la hizo su favorita.
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