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Bobby Fischer, el hombre que desafió a dos imperios

JAIME DE LAS HERAS | 9/3/2017
No toda la Guerra Fría se desarrolló entre crisis de misiles y amenazas nucleares. También aquel macabro juego de poder se vivió entre los 64 cuadrados blanquinegros de un tablero de ajedrez.

Un escenario estratégico y no bélico que fue aprovechado tanto por la URSS como por EEUU para reivindicar su particular duelo ideológico y que tuvo su punto álgido en 1972, cuando Bobby Fischer derrotó a la URSS.

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Cuando uno echa la vista atrás y hojea los libros de historia en torno a la Guerra Fría siempre encuentra grandes nombres militares, espesos muros que separan a Europa, cumbres militares para rebajar la tensión latente o situaciones de crisis que amenazan la paz mundial.

Sin embargo, en 1972, en un tablero cubierto de figuras de ajedrez se libró, sin que ellos lo supieran, una de las batallas más cruentas y despiadadas de la Guerra Fría. Aquella ‘batalla’ que midió las fuerzas del soviético Boris Spassky, vigente campeón del mundo, contra el estadounidense Bobby Fischer, aspirante al título.

Una guerra de movimientos sin derramamiento de sangre que la prensa convirtió en El Match del Siglo. El mundo entero giró sus ojos hacia algo que nunca antes había merecido su atención, un sencillo tablero de ajedrez.

Lo que nunca había sido más que un entretenido juego de estrategia de repente se convirtió en un escenario más de la crudeza diplomática entre Estados Unidos y la URSS, una simple representación de un odio ideológico enconado trasladado a uno de los juegos de mesa más antiguos del mundo y que durante unos días convirtió la pacífica Reykjavik en la capital del ajedrez mundial. Una sede completamente inesperada para que ninguno de los dos contendientes, más bien representados por sus países, pusiera queja alguna.




Bobby Fischer a su llegada al aeropuerto de Reykjavik en julio de 1972

Los términos de la guerra, llevados a la antigua usanza, estaban planteados en una competición al mejor de 24 juegos, venciendo el que primero llegara a 12 y medio. En el caso de quedar empatados el vigente campeón retendría el título.

Sin embargo, no se llegó a ese juego. En el número 21 el ciclón Fischer ya llevaba los 12 puntos y medio y el Gran Maestro Spassky pidió por teléfono la capitulación. Una actitud que a su llegada de nuevo a la URSS le fue reprendida por abandonar aquel singular campo de batalla sin dejar toda su sangre sobre él.

Habría sido inútil, Spassky no habría podido ganar. Fischer era el mayor talento ajedrecístico de su generación. Su combinación de agresivos ataques con el manejo de las defensas más tradicionales le hacía casi invencible. Alzado en una cima deportiva que había estado reservada al ajedrez soviético, Fischer fue el primer hombre capaz de hacer que la Unión Soviética mordiera el polvo en alguna situación durante la Guerra Fría y provocó un auténtico cisma en el gobierno de Kruschev.




Spassky y Fischer durante el Match del siglo

Pero no quedó todo allí. También Fischer representaba otro estilo de ajedrez, no por talento, sino por espectacularidad. Según los rusos, mal entendido. Fischer solía gesticular, llamar la atención del público y declarar de manera altisonante durante la partida. Un estilo de juego que destrozaba las tradiciones casi litúrgicas del ajedrez ruso de calma, mesura y control del temperamento.

Lo que tampoco nadie esperaba, sobre todo en Estados Unidos, es que Fischer se retirase tras vencer en aquel combate. Cartas y llamadas de todo el país, incluyendo la de algunos representantes políticos, le invitaban a seguir en su particular Cruzada contra el comunismo pero Fischer se negó.

Nunca se supo a ciencia cierta por qué, aunque la mayoría de las opiniones se centraban en el ego del ajedrecista que decía no querer verse derrotado. Y no era para menos: Bobby Fischer había derrotado en soledad a todo un imperio ajedrecístico. En la URSS este juego era una auténtica cuestión de estado y aquella derrota supuso un punto de inflexión.

Sin embargo la URSS no fue el único imperio que acabó plegándose ante Fischer. De héroe a villano, como en el más trágico de los cuentos, pasó Fischer después a Estados Unidos. Tachado de cobarde y de mal estadounidense –recordemos que Fischer era hijo de un inmigrante alemán-, al campeón mundial se le acusó de no ser lo suficientemente patriota.

Siempre polémico y de carácter airado, Fischer renunció a su trono del ajedrez en 1975 al negarse a jugar contra el aspirante, un joven Anatoli Karpov. En aquel momento todas las críticas del universo ajedrecístico se volvieron contra él, tildándole a nivel mundial como un pésimo competidor.

Posiblemente no era aquello lo que a Fischer le interesaba. Como posiblemente nunca le interesó ser el centro de atención. Y es que aquel eterno niño, criado en Brooklyn, lo único que había demandado era ser tratado como un igual. Esa igualdad que el ajedrez le arrebató y que le obligó a convertir en trabajo lo que era una pasión.

Esa misma pasión que le llevó a enemistarse con el gobierno de Estados Unidos en 1992. Fischer aceptó jugar de nuevo contra Spassky, ahora nacionalizado francés, una partida de exhibición en Belgrado. EEUU conminó a Fischer a no presentarse, alegando que Yugoslavia estaba vetada por el país a raíz de la Guerra de los Balcanes. Pero Fischer hizo caso omiso de aquella carta, a la cual escupió públicamente durante la partida.




Fischer durante la revancha de 1992

Con la URSS ya desaparecida, con Fischer como un proscrito y convertido en el enemigo público número uno, el ajedrecista se dio cuenta, quizá demasiado tarde, de que en toda esta historia tanto él como Spassky sólo habían sido peones.

En ese momento Fischer derrotó al segundo imperio contra el que se había rebelado públicamente. Ese imperio llamado Estados Unidos que le privó de su condición de ciudadano americano y que provocó que Fischer acabara sus días como ciudadano islandés.
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