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20 Minutos

Desaparecer como David Bowie

CARLOS H. VÁZQUEZ | 8/1/2017
Volvía del espacio este principito que nació estrella para morir supernova. Sus historias, que se contaban por miles, hablaban del espacio, de bailar, de Rock and Roll suicida, del amor moderno y de la vida en Marte. Pero ahora, tanto él como sus fábulas, mueren en secreto. David Bowie era delgado como un dedo pero era más poderoso que el dedo de un rey.

Se dibujaba como un hombre raro para los tiempos que corrían. Un incomprendido, sin duda, por los seres humanos que miraban la luna desde su planeta sin conocer la falta de oxígeno allí arriba, en las alturas. Muchas veces, cuando regresaba de visitar otros planetas, traía algo distinto para exponer, como una nueva forma de cantar o de hacer música. Veía el mundo en dos colores y eso le convertía en un ente especial, adelantado, tal vez, a su tiempo. Su planeta era tan pequeño que podía recorrerlo en tres zancadas. Sin embargo, hoy se ha despedido para siempre y los cascabeles se han convertido en lágrimas.

"Llamando a la estación", advertía por radio. El ordenador de abordo fallaba sin explicación y la tripulación, fuera de control, estaba despidiéndose ya de sus familias. Bowie no perdía la esperanza, de todas formas. Ni tan siquiera se mostró derrotado. Aguantó estoicamente y dejó, a falta de algo mejor, una última grabación que ha terminado siendo el epitafio más heroico: "¿Cuántas veces puede caer un ángel?", se preguntaba en Blackstar (Columbia, 2016).

No se puede volar tan lejos y dar la vuelta sin contar las horas que quedan (aunque él ya sabía que su tiempo era limitado). Llevaba muchos años vistiendo de blanco y el título de Duque le estaba viniendo pequeño; un traje a medida que fue encogiendo en cada expedición. Si se cansaba de ser el de siempre, cambiaba de nombre y se hacía llamar Ziggy Stardust. Pero también se aburría de aquello.

Ahora, la Humanidad (con mayúscula) tendrá que saber vivir sin otro de sus genios, de esos que se ignoran pero que, a la vez, se echan de menos. Será una tarea complicada para un año que todavía empieza, sí, pero hay que hacerse a la idea de que la mortalidad existe como refugio incluso para alguien que creía en la eternidad.

Se calla el mundo que lo vio despegar alguna vez. El silencio estará de luto y ninguna palabra, más alta que otra, hablará sobre el hombre que vendió el mundo.

"No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…". Descansa, dulce príncipe.

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