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Hablando de la guerra con William Boyd

CARLOS H. VÁZQUEZ | 25/11/2015
Los tiempos presentes son tiempos convulsos en los que las guerras se desarrollan en territorios tan lejanos como cercanos pero siempre con las imágenes, a través del televisor, presentes. El honorable escritor William Boyd (Accra, Ghana, 1952) vuelve a retomar esta temática con Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay (Alfaguara, 2015), una novela que pasa por los ojos y la voz de Amory Clay, una fotógrafa que crece entre la ausencia y la guerra.

Las nuevas confesiones (Alfaguara, 1989) o Las aventuras de un hombre cualquiera (Alfaguara, 2002) se basaron en los conflictos armados también, pero Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay va más allá, discurriendo por unas páginas que hablan de lo que es tener un padre combatiendo en la Primera Guerra Mundial y de lo que significa ser fotógrafa por convicción y madre por dedicación. Una pareja de baile que no siempre van al mismo paso, provocando que la danza sea más una serie de pisotones y de tropiezos. El propio autor de la novela, compartiendo cerveza y un surtido de frutos secos en el salón del Hotel Ritz, en Madrid, analiza en esta entrevista su novela y el sentido de la guerra, si es que lo hay.

¿Qué opina usted de las guerras?

Es difícil resumir mi opinión en unas pocas palabras, pero, probablemente, la guerra es lo peor que hemos inventado como seres humanos. Creo que el otro aspecto a destacar es que a menudo se retratan las guerras de un modo que parece casi excusarlas cuando deberíamos mostrarlas como algo que se produce al alzar y con una crueldad algo horrible. La guerra siempre está presente de un modo o de otro; los escritores o los directores, el arte, siempre intentan explicarla o hacer que sea algo no tan terrible como en realidad es. Es algo terrible. Ésa es la mejor manera de resumirlo.

Ha comentado el uso que los directores o escritores dan a la guerra. ¿Las guerras están hechas ahora para la televisión y el reportero, en este caso Amory Clay, se ha convertido en una especie de soldado?

Resulta interesante porque, si lo pensamos, la guerra se ha visto retratada por la fotografía casi desde la guerra civil estadounidense. Antes no había, pero llevamos ciento y pico años con este tipo de imágenes. Es el desarrollo de las cámaras fotográficas lo que nos ha permitido acercarnos a una representación más realista de lo que es la guerra. Hay muy pocas guerras en las que los fotógrafos han tenido una libertad total para ir e informar sobre lo que pasaba. Probablemente, la guerra de Vietnam haya sido la última guerra en la que los periodistas y las cámaras de televisión no tenían ningún tipo de limitación ni tenían a nadie que les controlara. Yo diría que, hoy por hoy, todas las imágenes que vemos en la televisión para informar sobre conflictos armados son imágenes muy controladas (o todo lo que el ejército puede controlar). Aunque sea una paradoja, las imágenes que tenemos hoy en día no son tan buenas como las que recibíamos hace cincuenta o setenta años. Excepto, y ahora me acabo de acordar, por las cámaras que llevan en el casco los soldados, que son el equivalente a las cámaras desechables que se utilizaban antes. Estas cámaras en los cascos nos muestran la realidad del combate y nos la lleva a la pantalla, pero, nuevamente, son imágenes que están bajo muchos controles, por lo que es muy difícil que lleguen.

Hablando de Vietnam, en su libro, Amory Clay decide ir allí porque envidia a Lily Perette. Entonces, y por otra parte, ¿por qué razón, cree usted, fue Estados Unidos a Vietnam?

Es una decisión tan compleja… Fue la derrota de los franceses en los años cincuenta lo que dividió al país en dos partes. Había una paranoia masiva -que parece que olvidamos- existente en aquel momento, en los sesenta y setenta, que tenía que ver con el terror a la Guerra Fría y con el miedo a que el Comunismo se extendiera. Y también, en este concepto del imperialismo norteamericano, había una gran interferencia por parte de este país respecto a lo que sucediera en otros países. Por ejemplo, se metieron en Sudamérica, se habló de asesinatos de presidentes, de crear su propio tipo de terror… Era una arrogancia imperialista que tenía que ver con ser una gran potencia, y creo que tiene mucho que ver también con el motivo por el que fueron a Vietnam. Pero es muy compleja toda la situación -en el fondo no deja de ser el producto del control de la dominancia militar de los Estados Unidos en los sesenta y setenta- que les hizo creer que eran todopoderosos y que podían hacer lo que quisieran. Hemos olvidado gran parte de eso, como los asesinatos políticos en Sudamérica que fueron orquestados y dirigidos por la C.I.A. Hoy por hoy, si hablamos de algo así, hablaríamos de escándalos políticos internacionales, como cuando en los cincuenta se elimina el poder de lo que era antes Irán. Vemos cómo tras la Segunda Guerra Mundial estos imperativos morales de las naciones con aspiraciones internacionales se ignoraban. Y la guerra de Vietnam, en cierto modo, forma parte de este periodo histórico y de este modo de pensar de la política de aquella época.

Respecto a las fotografías que aparecen en el libro, voy a parafrasear a Antonio Gala: "Mundialmente se reconocen las guerras y los odios y no la hermosura".

Es una cita interesante, desde luego. Quizá se deba a que las imágenes que más nos conmueven o que más nos chocan son las imágenes que nos generan un impacto; aquellas imágenes que son casi tabú. Por todas partes vemos imágenes de belleza y de perfección, sobre todo hoy por hoy. Vas por cualquier aeropuerto y te bombardean con imágenes de hombres guapísimos y de mujeres preciosas que te venden colonias de todo tipo. Ha perdido su fuerza, es algo banal, pero ves la imagen de una persona muerta y eso sigue teniendo la capacidad de impactarte. Es un punto interesante.

En su libro, llegados a la narración del Día D, destaco la naturalidad con la que Amory Clay vive la guerra. De hecho, he remarcado este siguiente pasaje para que sirva como ejemplo: "El restaurante estaba lleno de veteranos del ejército y de la armada, junto con alguno de los clientes habituales. De no haber sido por los uniformes -y el menú un tanto reducido-, habría resultado imposible adivinar que nos encontrábamos en el cuarto año de guerra".

Tiene mucho más que ver, quizá, con París, y es una de las cosas que a mí me sorprendieron al investigar esta época. Como París no recibió un bombardeo en ningún momento y los alemanes se negaron a destruir los edificios, tras cuatro años de guerra, cuando llegaron los estadounidenses y los británicos a liberarles, se sorprendieron porque la ciudad seguía siendo preciosa y estaba intacta, sobre todo porque en Inglaterra se veían los rastros de la guerra por todas partes. Es casi más una manera de comentar lo fácil que se podían olvidar -en una ciudad que no había sido destruida- los cuatro años en los que había sido una ciudad ocupada. Es una de las cosas que me impactó mucho, como el hecho de que no hubiera agua caliente o una buena comida disponible. También había que llevar suelas de madera en los zapatos porque no había manera de encontrar suelas de cuero. Son cosas que la gente comentaba tras la liberación de París.

Aunque más atrás, en el libro, Amory Clay confiesa que bebe whisky para no pensar en las guerras. Llega a ser contradictorio.

Hay dos fases en la intoxicación o en el embriagamiento. Ella bebe para olvidar, pero también bebe para disfrutar del presente. Y habla, por supuesto, de la herencia de guerra de su padre, aunque de una forma irónica. En ese momento, en el libro, todavía no sabemos qué es lo que ella quiere olvidar, así que es una manera de estimular la curiosidad del lector. Pero… ¿qué es lo que ella ha vivido? ¿Qué guerras son esas? ¿De qué guerras habla? Hay un cierto suspense. Sabemos que ella ha vivido una vida muy rica, extraordinaria, pero todavía tenemos esa curiosidad. ¿Por qué quiere olvidar? ¿Por qué no puede dormir por las noches? ¿Por qué es difícil para ella conciliar el sueño?

Supongo que es a lo que se refiere en el prólogo al decir que hay que "capturar la vida y el momento, cuanto más luminoso mejor".

Sí, en efecto. En cierto modo, es el propio tema de la novela. Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir y ella ya lo sabe, y lo sabe de una manera bastante intensa. Por otra parte, tendríamos que preguntarnos qué es lo que hace que ella cambie de idea, que es cuando empieza a reflexionar sobre los pequeños detalles de la vida que, normalmente, solemos ignorar o no hacemos mucho caso. Incluso en un momento de tristeza muy profunda y de preocupación, ella, aun así, puede centrarse en algunos aspectos del mundo que la encantan y que la hacen disfrutar, por lo que continúa deseando seguir viva para poder obtener placer de la vida y disfrutarla. En cierto modo, ésa es una definición de lo que es estar vivo, cuando todavía puedes sentir esa suave caricia de la vida, tanto si se trata de una relación amorosa impresionante o simplemente se trata de tomar unos frutos secos que te encantan.

Pero ella acaba dejando, en un momento dado, su vida como fotógrafa para ser madre y convertirse en esposa. Sin embargo, termina echando de menos esa vida anterior.

Sí. Creo que fue muy interesante pensar en la realidad de ese momento, cuando cambia su vida. No sólo porque conoce a su marido, sino porque tiene gemelas. Pero ella, hasta ese punto, había tenido una vida extraordinaria y sigue manteniendo sus cámaras fotográficas, las cuales cuida muy bien y protege… Es como el típico soldado que saca las pistolas y los fusiles para limpiarlos y para ver si siguen funcionando los mecanismos. Hay esa sensación de que ella no sabía qué era lo que le iba a pasar a largo plazo. No tenía ni idea de que iba a tener otro desastre en su vida. Estaba viviendo en una cierta facilidad, en una cierta riqueza, pero de repente es soltera, pobre, en una casita de campo… Es otro de los temas del libro, de hecho. Toda nuestra vida se ve gobernada por esos momentos de buena suerte y de mala suerte. En nuestras vidas tenemos tanto buena como mala suerte, y aunque en algunos casos parece que tengamos muchísima buena suerte y en otras parece que nos haya mirado un tuerto, al final es mucho más fácil ver el equilibrio. Ella, en ese caso, es capaz de dejar atrás su vida anterior, pero siempre se queda ahí, en esa idea de que tarde o temprano va a tener que volver a ella y que quiere hacerlo.

FOTO 1

Más tarde, al pensar en su hija Blythe con los pies sucios y con su camiseta del número 3 roñosa, Amory Clay se pregunta por qué fue a Vietnam y por qué estaba pensando tanto en su hija. O sea, que se despiertan, en su persona, sentimientos de culpabilidad derivados del egoísmo.

Así es. Nuevamente, no es un ser humano perfecto. ¿Quién lo es? Nadie lo es. No hay duda de que ella se siente culpable porque se fue y dejó a una de sus hijas, que es la más vulnerable. Pero la gente hace esas cosas, piensa en sí misma y comete errores, aunque luego ese tipo de errores atormentan. Creo que formaban parte de esa realidad de la historia. Ella se da cuenta de que seguía interesándole increíblemente la posibilidad de volver a ser una fotógrafa y, tal y como dice, volver a la guerra. Sabiendo lo que sabe, en base a las experiencias que ha tenido en guerras anteriores, ésta va a ser distinta. Es casi como una prueba a la que se somete y que era imposible resistirse.

¿Tal vez es porque está buscando su felicidad antes que la serenidad en su vida?

Bueno, creo que, en parte, esto sucede cuando construyes una historia de este tipo y tan larga en una novela. Yo sabía que quería que ella fuera a Vietnam. Ahora bien, ¿cómo consigo que todo lo que pasa en su vida tenga sentido para que ella decida ir a Vietnam? ¿Cómo consigo eso? De nuevo es todo un intento por conseguir que sea o que parezca plausible, auténtico, que no sea simplemente un capricho del autor, en mi caso, sino que haya una secuencia de eventos; cómo se sentía, cómo se encontraba… Se sentía frustrada, aburrida, haciendo fotos de bodas, de los bailes en las highlands… Hasta que de repente ve a alguien a quien conoce y que le lleva a pensar por qué hace lo que hace y por qué lo quiere hacer. Es una manera de explicar todas las complejidades de lo que era su personalidad.

Por lo que parece, y bajo mi punto de vista, creo que hay nexos entre esta novela y Las nuevas confesiones o Las aventuras de un hombre cualquiera. Más que nada porque Logan Mountstuart, el protagonista de Las aventuras de un hombre cualquiera, tiene relación con la guerra.

Sin duda. Hay relaciones y conexiones muy fuertes con esas novelas porque yo creo que tiene que ver con mi propia generación y con la generación de mis padres puesto que, por ejemplo, mi padre tenía seis hermanos y todos, menos uno, estuvieron en la Primera Guerra Mundial. Mi suegro tenía diecinueve años y estaba en el desierto africano y fue prisionero de guerra tanto en Italia como en Alemania. Gente a la que conozco muy bien le pasaron cosas increíbles durante cinco años. Y para los que nacimos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando conocemos lo que ha pasado en el siglo veinte, vemos, porque conocemos a la gente que lo vivió de primera mano, toda una serie de fenómenos que ocurrieron en sus vidas y que las cambiaron enteras. Esta gente sobrevivió y volvió a su vida cotidiana, pero cuando uno echa la vista atrás, entre los años treinta y el cuarenta y cinco, nos encontramos con un periodo increíblemente extraordinario del siglo veinte. Yo creo que es uno de los motivos por los que, constantemente, vuelvo a ese periodo, a la Segunda Guerra Mundial, al periodo de entreguerras… Creo que mi propia vida y las guerras sobre las que he aprendido y las que he visto en la televisión constantemente son la faceta constante en nuestra vida. Ahora que tenemos las noticias durante las veinticuatro horas del día, siempre hay un sitio en el mundo con un conflicto armado. Cuando yo tenía diecinueve años, estaba en Nigeria, en una guerra civil que tuvo un efecto muy profundo en mi vida. No corrí ningún tipo de peligro porque vivía en el campo, pero en medio de esa guerra civil vivía un millón de personas, las cuales murieron en esa guerra. Lo que estaba pasando también es que esa guerra tuvo un efecto en mí, como persona. He escrito sobre Las Maldivas y fui crítico en televisión cuando eso pasó. He visto todo lo que ha pasado en mi vida casi como una historia constante, como una nota base, sobre las distintas guerras que van sucediéndose unas a otras y que siguen sucediendo hoy en día. Da la impresión de que si voy a escribir sobre el tiempo que me ha tocado vivir, es imposible no escribir sobre la guerra porque, si no la incluyo, estaría equivocándome. Siempre está ahí. Es omnipresente. Es tan omnipresente que a veces se nos olvida que está ahí.

La guerra, ¿se cura o se previene?

Creo que no… a las dos. Parece que el conflicto forma parte de la experiencia humana. Incluso con todas las instituciones que nos hemos inventado una y otra vez (OTAN u ONU), cada vez hay más guerras. Es posible que hayamos evitado guerras mundiales y quizá no volvamos a encontrarnos con una guerra mundial, pero tenemos guerras en las que los países pequeños se pelean entre sí y los países grandes deciden ponerse a favor de un bando o de otro. Lo estamos viendo en Siria ahora mismo. Lo curioso es que la debacle siria ha pasado casi cien años después, puesto que estaban los franceses y los británicos contra los turcos al final de la Primera Guerra Mundial. Vemos los mismos nombres y las mismas ciudades. Ciudades que ya estaban ahí y que estaban sufriendo ataques. Cien años después tenemos a Damasco otra vez en las noticias luchando con gente distinta y por motivos diversos. Da la impresión de que nada cambia cuando todo ha cambiado.

"Diría que pienso en el nacimiento porque en estos momentos estoy preparando mi muerte", se lee llegando al final del libro. ¿Sólo es eterno quien nunca existió?

Hasta cierto punto eso es verdad. La vida de un personaje ficticio, en cierto modo, no cambia. La gente puede leer o ver una película y tener ahí, en ese momento, una vida muy corta, pero nadie sabe hasta qué punto va a perdurar en la inmortalidad de nuestra historia humana. Pero cuando uno escribe un libro y la gente lo lee, no hay duda de que aquellos personajes que han creado siguen viviendo en la mente de los lectores. Así que sí, son inmortales, pero hasta cierto punto. Creo que es la razón por la que los creamos. No creo que William Shakespeare imaginara que Hamlet iba a ser representada en Londres por Benedict Cumberbatch y que la gente acabaría con las entradas en segundos. La vida de un personaje de ficción puede ser muy larga o increíblemente corta. Es algo interesante de analizar mientras tú sigues existiendo.

Qué mejor ejemplo que Nat Tate, ¿verdad?

Sí. Tengo la sensación de que, cuando yo muera, me recordarán por ello. Dirán que escribí sobre esa actriz, pero bueno, también por otras novelas (risas). Nat Tate es mi monstruo de Frankenstein. La he inventado. No fue una broma pero sí fue como un ejercicio intelectual. Luego perdí el control y Nat Tate se descontroló completamente. Ahora parece que otra gente se lo ha apropiado, gente que sabía la broma que había detrás. Hemos hecho tres documentales en televisión sobre Nat Tate y he vendido en una subasta el cuadro por más de siete mil libras. Sigo pensando que esto hay que pararlo, que Nat Tate es un fenómeno, pero cada vez que intento detenerlo, se hace más grande y cada vez es mayor (risas).

Al final, la ficción será una realidad.

Es uno de mis temas, de hecho. ¿Qué sabemos cien por cien seguros en la vida? Muy poco. No podemos fiarnos de las interpretaciones de los eventos históricos por mediación de otros, porque la gente suele ser muy misteriosa. ¿Cómo es ser otra persona? ¿Cómo es vivir en una situación específica? Si queremos saber esto, el mejor sitio para saberlo es una novela, porque ahí hay una única fuente, que es la imaginación del autor. Ésta es una obra de ficción, pero te aseguro que cada palabra es verdad. Sin embargo, no puedes decir lo mismo cuando lees el periódico o cuando te cuentan las noticias en la televisión. No puedes decir que cada cosa que se ha dicho es verdad. En este caso, en el del libro, es verdad dado que yo me lo he inventado y porque sé que cuento la verdad.

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