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20 Minutos

Rafael Alberti siempre estuvo ahí

ALFONSO MARESCHAL | 10/8/2017
Cuando llegas a una edad determinada, escapar de los problemas se vuelve insoportable. Da igual lo pequeños que sean o la fuerza de voluntad que hayas reunido, siempre encontrarán la manera de tocarte las narices cuando menos te lo esperas. La única solución es afrontarlos, porque sabes que son duros de roer y a ti se te está cayendo la dentadura; pero, al mismo tiempo, quieres mandarlo todo al infierno y reírte entre silbidos. En realidad, huir de los problemas es el problema más importante de nuestra época. No por la cobardía y la falta de heroísmo que supone, sino por la vergüenza y los conflictos que genera. Al fin y al cabo, las calamidades nunca llegan solas, y evitarlas del todo se está volviendo imposible.

El destino no se puede cambiar. Si esquivas un contratiempo, ya se encargará otro de chocar contigo en el futuro. Por ejemplo, si has decidido dejar de beber alcohol para llevar una vida sana, ya se encargarán tus amigos de hacerte lidiar con borrachos durante toda la noche. No hay bien que por mal no venga, podríamos decir. Y, si no, deberíamos preguntarle a Rafael Alberti.

Sobre el poeta andaluz, Dámaso Alonso decía que, cuando lo conoció, tomaba nada más que refrescos de color verde o rosa pálido, mientras que él -y el resto de artistas del momento- bebía mucho, pero en muy contadas ocasiones. En una de esas debió de ser cuando, en casa de Pablo Neruda, el pintor Manuel Ángeles Ortiz se cogió su más grande borrachera y acabó vomitando en la habitación de la colada, encima de unos calcetines que estaban por el suelo. Al verlo, Alberti se sorprendió y le dijo: "Es la primera vez que veo a un borracho que vomita calcetines", con aires de poeta sobrio y graciosillo, dejando claro que él siempre estaría ahí, impasible cuando la casa se quedara sin ponche y observando el percal de artistas perjudicados que dejaba el vino de Valdepeñas.

Esa experiencia ocurrió antes de su exilio en Buenos Aires, después del cual el propio Alonso se encontraría con un Alberti que ya bebía mucho más que él. Sin embargo, por demasiadas copas que fuera capaz de pedir, no era nunca el que montaba el espectáculo, sino el que tenía que soportarlo con paciencia y perplejidad. Tal vez fuera una penitencia por sus recatados años de juventud, un castigo por no haber sabido desfasarse en casa de Neruda cuando tuvo ocasión, pero en 1962, visitando la casa de Borges en la capital argentina, sufrió otro percance alcohólico que no le sería fácil olvidar.

Tal y como nos recuerda Juan Tallón en su libro Fin de poema, Borges había montado una fiesta en su casa a la que había invitado al poeta Robert Lowell, a Adolfo Bioy Casares, a Silvina Ocampo, a Rafael Alberti y a su esposa, María Teresa León. La velada se estaba desarrollado con normalidad, con la mezcla necesaria de respeto y decoro que requieren las reuniones intelectuales, hasta que Lowell "cometió la imprudencia de no ceñirse a su dosis diaria de vodkas martinis" y se emborrachó hasta el punto de ponerse cariñoso con todas las mujeres de la sala. El problema más grave, sin embargo, ocurrió cuando "se cruzó con la acompañante de Alberti y la empujó hacia un cuarto de baño", permaneciendo allí "hasta que consiguieron derribar la puerta y controlarlo".

Imagínense ustedes la situación: Borges preocupado por sus invitados, Lowell borracho como una cuba mientras se encerraba en el baño con María Teresa León y Alberti preguntándose por qué demonios no podía estar él igual de achispado... Es el problema que suelen tener esa clase de amigos, los que aguantan siempre las insufribles juergas de sus compañeros y, a pesar de todo, están ahí para traerte un vaso de agua, llevarte a casa por la mañana o tirarte la última copa por el desagüe. Son héroes que aparecen de madrugada y te ayudan a escribir poesía, a ligar con una chica o a vomitar calcetines si los cubatas te han sentado mal. También disfrutan contigo y te hacen remontar la noche, suelen conducir después de cenar y te guardan la cartera al entrar en la discoteca.

Son personas que beben sólo refrescos verdes o rosa pálido para que gente como tú pueda buscar problemas; siendo ellos los que, sin querer, terminan encontrándolos al final de la jornada. En definitiva, son amigos que siempre estarán ahí, como Rafael Alberti y Dámaso Alonso, y cuya relación hay que cuidar por encima de las fiestas. Si lo haces, todo te saldrá mejor. Si no, te pasarás la vida escapando sin éxito de los problemas.
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