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Hablar solo no está tan mal

ALFONSO MARESCHAL | 17/5/2017
En la última novela de Juan José Millás, Desde la sombra (Seix Barral, 2016), su protagonista se pasa casi toda la trama escondido en un armario. Al principio lo hace para ocultarse del segurata que lo persigue tras robar un anillo en el centro comercial, pero conforme pasa el tiempo se va acostumbrando a la soledad del continente y a la imposibilidad de escapar de la vivienda donde lo han terminado instalando. Se trata de un armario confortable, de los antiguos. Un sitio perfecto para huir de sí mismo y enfrentarse a sus fantasmas, que es en lo que acabará convirtiéndose, y un lugar tranquilo donde ordenar sus ideas y terminar preguntándose cuál será su verdadero propósito en la vida. En realidad, es lo que hace a lo largo de toda la historia: hablar consigo mismo, auto-entrevistarse mentalmente y reflexionar acerca de su pasado, presente y futuro. Y lo hace de una manera peculiar, pues recurre a un presentador imaginario que lo interroga como si estuviera en un programa de televisión, como si fuera el mismísimo Iñaki Gabilondo –que también hace un cameo en la novela- tratando de sonsacar todos los detalles de su vida pública y privada.

Es curioso, porque en plena gira promocional de la novela, el propio Juanjo Millás admitió que, después de escribirla, se había enterado de que muchos periodistas recurrían a esta técnica para pensar. Se imaginaban, por ejemplo, que estaban en una entrevista en la que las preguntas trataban acerca de su día a día, de sus problemas personales y de sus propias responsabilidades domésticas, y se respondían a sí mismos haciéndose eco de sus verdaderos pensamientos y sus verdaderas opiniones al respecto. Al fin y al cabo, lo único que hacían era trasladar la técnica que empleaban en su rutina profesional para dialogar con ellos mismos en un terreno más íntimo y sincero, y los resultados acababan siendo sumamente positivos.

Hablar solos, al final, es algo que nos beneficia. Según un estudio publicado en el Quaterly Journal of Experimental Psychology y recogido por la BBC, "hablar en voz alta ayuda a un adulto en la búsqueda de objetos perdidos". Tal y como concluyeron los investigadores de las universidades de Wisconsin-Madison y Pensilvania, "las etiquetas verbales pueden cambiar un proceso perceptual continuo", y si estás buscando un objeto y no paras de repetir y escuchar la palabra que lo define, nuestro sistema visual podrá convertirse temporalmente en un mejor detector de dicho objeto. Por ejemplo, si estás buscando un lápiz y no paras de repetirte la palabra, tendrás mejores resultados que si sólo pensaras en ella.

Otros estudios demuestran que la gente que usa este tipo de "habla autodirigida" se concentra mucho mejor en las tareas que están llevando a cabo. De ese modo, el lenguaje ayuda a estimular la percepción y a focalizar la atención en nuestras respectivas obligaciones. Y también se encuentra estrechamente ligado a la memoria, la cual incrementa y asiste a partir del procesamiento visual cerebral.
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