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Astobiza: un txakoli que no renuncia a ser vino blanco

JAIME DE LAS HERAS | 17/5/2017
La cocina vasca rinde pleitesía a decenas de platos. Entre el espacio que abarca Euskadi se venera desde hace tiempos inmemoriales a la chuleta, al bacalao, a la merluza, a unas buenas piparras, al chipirón, al idiazábal, a la tortilla de patata, al pimiento choricero, a las alubias… Y así podríamos seguir hasta varios párrafos con la cantidad de reyes y reinas de cuchara y tenedor que llevan gobernando la mesa de Euskadi desde hace décadas.

Pero cuando hablamos de copas y hablamos de rey, el único capaz de unir a las tres provincias de forma ejemplar es el txakoli, ese vino blanco elaborado con mimo en cada caserío y que afortunadamente ahora también empieza a llegar con más fluidez al resto de copas del país. La palabra txakoli, aquella que tras diversas modificaciones significa en vasco ‘lo justo para casa’ es el vino que une de la misma forma bajo la cepa Hondarribi Zuri (principalmente) a las tres provincias vascas en sus denominaciones de origen de Txakolina, Arabako (de Álava), Bizkaiko (de Vizcaya) y Getariako (de Getaria, Guipúzcoa).

Caldos que comienzan a conquistar el resto de España, que empieza a comprender que aquel vino fresco, ligero, afrutado y blanco como ninguno, es ideal para acompañar aperitivos, comidas o simplemente para disfrutar copa tras copa.

Uno de ellos nos llega de Oquendo (Okondo en vasco) situado en el norte de Álava y a escasos metros del límite con Vizcaya. Allí, a escasos 10 kilómetros de Llodio, se extiende el viñedo de Astobiza, 10 hectáreas de Hondarribi Zuri (Ondarrabi Zuri en vasco) y Gros Manseng (Izkiriota) a 300 metros de altura, protegido entre las montañas, disfrutando de una altura y condiciones lumínicas que brindan un txakoli seco, afrutado, ligero y sin aguja. En definitiva, un txakoli que presume de origen pero no deja de lado su condición de vino blanco.




Color y sabor es lo que obtiene la Hondarribi en este valle alavés.

Enclavado en esa sutil frontera de Arabako Txakolina, los txakolis de Astobiza no renuncian a su etiqueta de txakoli pero van más allá, sin conformarse con ser sólo un ‘vino hecho para casa’. 25 países desde Estados Unidos a Tailandia pujan cada temporada por los vinos que Astobiza lleva algo más de una década produciendo, respetando la esencia del txakoli, es decir, esa Hondarribi Zuri y su suelo pero tratando de forma distinta a la uva una vez se ha vendimiado.

Empezando por hacerlo de forma completamente manual, condición indispensable en este recogido viñedo donde meter maquinaria es una absoluta quimera. Lo que para otros quizá fuera un impedimento, se convierte en Astobiza en una forma más de distinguirse sobre un producto al que respetar en todo momento.

Sólo así se entiende la inversión en innovación que desde Astobiza se ha hecho en los últimos años para perfeccionar sus técnicas vitivinícolas y obtener así un txakoli realmente diferente. En Astobiza no encontraremos esos txakolis más amargos y un carácter casi carbónico que podemos encontrar en algunos txakolis más marinos.




A 300 metros sobre el nivel del mar y resguardado de heladas, el valle de Oquendo es propicio para tener un viñedo de categoría.

La prueba está en las diversas fases de modernización a las que Astobiza se ha sometido para entrar con sus txakolis en el siglo XXI. Ejemplos como la maceración en frío (fundamental para que la uva no fermente demasiado rápido) o el desfangado estático del mosto, permitiendo así que el producto sedimente por sí solo, sin forzarle ni someterle a fuerzas externas que puedan deteriorar su calidad.

Aquí, gracias a este enclave repleto de sol en el monte alavés, se produce la magia de tener una uva con más luz y por tanto más azúcar, que además ha sufrido menos de las inclemencias climáticas a las que se enfrentan los txakolis de costa.

Por eso en Astobiza además encontramos cuatro txakolis distintos, todos ellos perfectamente ensamblados y con coupages diferenciados pero que mantienen en la frutalidad y su carácter de vino blanco su razón de ser.




10 hectáreas propias y uvas de productores cercanos alimentan las tinas de Astobiza.

Desde el clásico Astobiza, elaborado con un 90% de Ondarrabi Zuri y un 10% de Ondarrabi Zuri Zerratie, equilibrado, con aromas de fruta blanca y ligeras notas de amargor hasta la joya de la corona, el Late Harvest- Vendimia Tardía, elaborado exclusivamente con la Izkiriota, generando uva de mucho volumen propiciada por un otoño soleado brindando así al vino todo el carácter dorado de esta cepa y que presume de ser el último viñedo que se vendimia en España, recogido en el mes de noviembre. El resultado es un vino dulce excepcional de carácter atlántico realmente evocador. Pareja de baile espléndida de alta cocina y de alimentos con caché como el jamón ibérico o los quesos azules, ensamblando a la perfección sus notas dulces con la frescura del txakoli y sin renunciar a las armonías potentes con sabores salados.

Sin embargo no serán los únicos embotellados que pasean el sello Astobiza por medio mundo. También encontramos entre su gama al Malkoa, una joya monovarietal de Hondarribi Zuri limpio y brillante, seleccionado de entre las cepas más antiguas del viñedo, que permanece cuatro meses sobre sus lías en fermentación controlada. Malkoa nos llega como un vino con cuerpo, con mucha mineralidad propia del suelo donde crece y con un carácter cítrico que nos hará pensar si realmente no estamos comiendo la propia uva.




De izq a dcha: Astobiza, Malkoa y Late Harvest – Vendimia Tardía.

El remate de la familia llega con Astobiza Rosé, la opción rosada de los amantes del txakoli, producido a mitad entre Hondarribi Zuri y Hondarribi Beltza (uva tinta, ya que beltza es negra en euskera). Con el Rosé nos trasladamos a un vino tremendamente floral, lleno de matices de fresa y fruta blanca, ambos caminos a los que nos llevan las dos variedades de Hondarribi pero que en boca se muestra persistente sin renunciar nunca al equilibrio.

Propuestas vitivinícolas que hacen que Euskadi no sea sólo un paraíso gourmet para mover los cubiertos sino que también merece un hueco en nuestras copas. Toda una declaración de intenciones que hace de txakolis como los de Astobiza la prueba de que no se debe renunciar a la vitola de vino blanco
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