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20 Minutos

Álex de la Iglesia se lo toma en serio. Entrevista con el director

CARLOS H. VÁZQUEZ | 20/4/2017
Están los que rezan mirando al cielo para que les cambie la suerte y los que miran hacia el suelo para cagarse en "la madre que parió" a más de uno. Son distintas formas de acordarse de alguien pero las dos utilizan el mismo lenguaje. Álex de la Iglesia sabe cómo.

En el salón de la productora de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) hay una figura a escala de Hulk que casi toca el techo. Éste es "el bueno", el otro, el fail, está en el despacho de Rodrigo, su ayudante. Es una larga historia. Todo empezó con un e-mail, una llamada y un encuentro de persona a persona. Después, otra vez a la pantalla. Las personas se conocen a ratos. Por la calle Preciados de Madrid, por ejemplo, puedes cruzarte con un par de posibles delincuentes (y sería tirando para lo bajo). En un bar, tres cuartas de lo mismo. ¿Y si el camarero ha meado en tu cerveza? Fresquita, ¿eh? Por eso hay personas que dicen querer más a los perros que a los humanos (y si los dos están educados, hasta dan la patita). Los milagros de la era tecnológica. De hecho, ya se retransmiten asesinatos en primera persona y en directo por Facebook. Desde Mirindas asesinas hasta El bar, pasando por Acción mutante, El día de la Bestia o Balada triste de trompeta y 800 balas, cualquier atisbo de ficción tiene metralla de realidad.

¿La violencia en el cine nos pone frente a lo que somos?

La gente tiende a hablar de mi cine como un cine violento, lo mismo que le pasa a Quentin [Tarantino] o a un montón de gente que hace cine, lo que pasa es que no se tiene la oportunidad de hablar con cualquiera que haga cine de acción en América, porque habría que hacerle la misma pregunta (o en Europa, con [Paul] Verhoeven). Resumiendo: La violencia -si quieres llamarlo "la acción"- forma parte del cine, entonces es absolutamente inevitable. De hecho, creo que es imprescindible porque, como decía un tío que conocí una vez en un festival, el cine es luces en movimiento y el movimiento no deja de ser acción. Por lo tanto, al final termina siendo parte esencial de la película. Por otro lado, la violencia en sí misma, pues chico, forma parte del comportamiento humano y yo, particularmente, pues te diré que es más definitoria que el amor. Si te pones a mirar la historia del siglo XX o, sin más, la Historia de la Humanidad, tendrás dificultades para encontrar grandes actos amorosos (aunque con los grandes actos violentos –me parece- no hay ningún problema).

El padre Ángel Berriatúa (Álex Angulo), en El día de la Bestia, dice: "Yo no quiero hacerlo, pero tengo que ganarme la confianza de Satán". Un tipo serio al que no se le toma en serio.

Yo, particularmente, soy así. Pero te diré qué es lo gracioso: Encontrarte en una situación en la que tú no puedas evitar hacer una cosa que es brutal o que es absolutamente normal o inesperada o absurda. Que te obliguen a hacerlo es divertido, porque a todos nos gustaría hacerlo, pero hay un montón de inconvenientes, digamos, y un montón de obstáculos sociales que te impiden hacer las cosas que sería divertido hacer o vivir. Y lo bueno es que las películas te obligan.

Los personajes de tus películas no son conscientes de su entorno. Te explico: Ángel Berriatúa tiene una misión y no es del todo consciente de lo que le rodea. En Mirindas asesinas sucede parecido, incluso entra al bar un tipo de traje que ignora el peligro porque sólo se fija en el televisor.

Si eres consciente de tu entorno y lo que estás haciendo corresponde precisamente a las conclusiones a las que has llegado al ver tu entorno, te conviertes en un héroe, y no me interesan los héroes; los héroes no son divertidos. Divertido es alguien que, precisamente, tiene que hacer lo que hace por alguna conclusión absurda o demencial a la que ha llegado personalmente. En el caso de Ángel Berriatúa (Álex Angulo) en El día de la Bestia, él había estudiado a [Juan] Tritemio y numerológicamente había llegado a la conclusión de que el Apocalipsis de San Juan es una ecuación, así que eso le obligaba a tener que impedir el fin del mundo. Es una razón como, digamos, indirecta, y cuando más indirecta y absurda, mejor, que es lo que a mí me resulta interesante o gracioso, que es lo mismo. En El bar, por ejemplo, los personajes se ven obligados o empujados a vivir una serie de acontecimientos demenciales y terroríficos y ninguno de ellos es el responsable. De hecho, como tú muy bien dices, ninguno de ellos controla el entorno; nadie debería estar ahí o ninguno de ellos creo que estaría ahí pensando en qué va a ocurrir. Blanca Suárez (Elena en El bar), precisamente, está definida así: Es una tía que no debería estar ahí. ¡Ella entra a cargar la batería de su móvil!

Al personaje de Pepón Nieto (José) en Mi gran noche le pasa algo parecido, ¿no?

También. Se ve como empujado, aunque igual hay una pequeña explicación. Recuerdo un tagline de una serie de películas que se llamaba Lo esencial de Alfred Hitchcock, allá por los 80. Se estrenaron en cine, curiosamente, porque el estudio perdió algún tipo de obstáculo con respecto a los derechos de las películas. Recuerdo que nosotros no podíamos conseguir una copia de El hombre que sabía demasiado o de Pero… ¿Quién mató a Harry? porque no había nada, ni en cine ni en vídeo. En un momento determinado se liberan los derechos y el estudio (Universal) saca esas seis películas en copias nuevas en cine. Fue en 1984 o 1985. De pronto, un día, veías La ventana indiscreta por primera vez en cine y en copia nueva. Aquello fue como una revelación, como ver a Dios. ¡Como si te enseñaran por primera vez un Cadillac! Recuerdo que todos mis amigos, todos los que estábamos haciendo cine o los que queríamos hacer cine en aquel momento, teníamos una sensación de placer absoluto viendo aquel ciclo. Eran las mejores películas de Hitchcock vistas en cine y en copia nueva. Ver en el cine Pero… ¿Quién mató a Harry?, por ejemplo, que es una película en la que el color es particularmente alucinante, fue un shock. Todo esto viene a que el tagline de esa serie de películas era de pobres hombres metidos en tremendas historias. De pronto dije: "¡Hostias! Eso es lo que yo quiero hacer: Pobre gente metida en historias que son tremendamente grandes y que les superan absolutamente". De hecho, lo divertido es que se defiendan bien, como que no importe. Como cuando todo te sobrepasa pero por un poderoso giro de cintura sobrevives.



Encuentro otra similitud entre estos "pobres hombres". El señor de bigote que va directamente a la televisión en Mirindas asesinas tiene lo mismo que el personaje de Mario Casas en El bar: no es conscientes de lo que pasa a su alrededor porque está pendiente de una pantalla. Y en el caso de Pepón Nieto en Mi gran noche no hay una pantalla, pero resulta que él está trabajando dentro de la televisión.

Es curioso que me lo comentes, porque nunca me lo había comentado nadie. Tú te descubres en las entrevistas porque no piensas en estas cosas, ¿sabes? Tú haces una película y ya está, pero hay movidas u obsesiones que se te presentan una y otra vez. Por ejemplo: Cuando decidimos hacer Mi gran noche, a Jorge [Guerricaechevarría] y mí lo que más nos gustaba de la historia era el tema del aplauso falso: "¡Aplauso!", y la gente aplaude. Después cortan y vuelven a su vida. Eso nos encantaba. Y es curioso, porque luego dije que eso ya lo habíamos rodado en Muertos de risa; ellos fingen una fiesta falsa y solamente por joder al otro fingen una felicidad que no sienten y contratan a tías que están en bolas por casa, en la bañera… Sólo por joder al otro, como para decir: "Mira qué vida más maravillosa tengo". Pero es todo mentira. En La comunidad, los vecinos quieren atrapar a la nueva inquilina, que es Carmen Maura (Julia en la película), en una fiesta falsa que montan como de recibimiento, pero en cuanto ella cierra la puerta y se va, se acaba la fiesta. Era todo una trampa. En El bar, con el personaje de Mario (Nacho), sí que hay un encontronazo más directo con ese momento en el que de pronto dicen que "esto no es lo que nosotros pensábamos". Reaccionan más rápido. No hay tanto un engaño como la constatación de una verdad que se les impone. Pero también existe, efectivamente, esa sensación de no estar para nada dentro del entorno adecuado. También había una frase de Nietzsche que nos gustaba a Jorge y a mí que era: "No me he vestido adecuadamente para este mundo". Y es lo que yo creo que les pasa a los personajes, que no están vestidos adecuadamente. Llegan y se encuentran la fiesta comenzada (el origen de Mi gran noche). Esa sensación de que llegas tarde a todo y que mientras están ocurriendo las cosas tienes que entenderlas.

En Mi gran noche, encima, hay una manifestación (antidisturbios incluidos) que se desarrolla fuera de la nave donde se graba el especial de Nochevieja para la tele.

Exacto. Ya está todo empezado. ¿Qué hay que hacer? ¿Qué hay que opinar de todo esto? ¿Qué hay que decir? Así nos empujan a la vida. De pronto te encuentras sobrepasado por un montón de cosas que ya están decididas, que ya están apalabradas… Todo está pactado previamente. Esa sensación de haber llegado tarde a un juego de mesa y que te expliquen las instrucciones mientras estás perdiendo.

Como nuestros padres, que ya los tenemos ahí al nacer.

Es que no hay manera de empezar de cero. Igual estaría bien conseguir empezar de cero, por eso las historias con personajes que empiezan de cero son todas satisfactorias. Como Robison Crusoe, que está abandonado en una isla desierta donde no hay nada y él tiene que montarse su propia existencia y su propia vida, imponiendo sus reglas. Eso mola. O El señor de las moscas y tantas otras historias en las que de pronto hay una rebelión en la que los personajes se organizan para escribir sus propias instrucciones.

¿Distopía?

Exacto. La distopía está muy en boga. Estamos dándole vueltas a un par de guiones sobre eso.

Ya hay una próxima película (Perfectos desconocidos), ¿no? En ella aparece un grupo de gente que está reunida pero mirando el móvil. Interactúan entre ellos por el dispositivo electrónico y no en persona.

Yo creo que por eso dije que sí a la película. Jorge y yo la reescribimos para hacerla propia, más que nada porque, en definitiva, es una película italiana [Perfetti sconosciuti, del director Paolo Genovese]. No hay grandes cambios, pero sí la hemos adaptado un poco a nuestras necesidades (a nivel de diálogos). Estoy muy contento con la peli porque respira bastantes cosas que me preocupan. Primero, la obsesión de montar una obra de teatro, digamos, en un entorno minúsculo llevada al máximo, porque lo siguiente sería hacer Buried, la película de Rodrigo Cortés (risas). Él sí que llegó al máximo. Pero en este caso es un grupo de gente que tiene una cena. Parece que están aburridos, hablan de lo aburridos que están y de lo aburridas que son sus relaciones. Y de hecho lo notas, porque hay un buen mal rollo alrededor de ellos importante. Nada más llegar se están lanzando pullas unos a otros y notas que cada pareja que llega a la cena ya está deteriorada considerablemente. Entonces, el personaje de Belén Rueda (Eva) es el que lanza la piedra y dice: "¿Por qué no hacemos algo que sea diferente esta noche?". Y se les ocurre compartir todos los mensajes que les llegan desde el móvil. Descubres algo a lo que todavía no hemos llegado a percibir con claridad, y es que el móvil no es un aparato, sino que es parte de nuestro organismo desde hace ya mucho tiempo. Es extraño que no esté incluido en nuestro organismo, pero creo que es el siguiente paso: metérnoslo en la cabeza, porque no tiene sentido que sea como una especie de prótesis. Como si todos fuéramos minusválidos al necesitar una extraña prótesis de metal, porque ya no se puede vivir sin el móvil. Es totalmente imposible. De hecho, el que vive sin móvil es un loco o alguien que está reaccionando en contra de la sociedad de una manera totalmente asistémica.

¿Qué diría Isaac Asimov de todo esto?

Pues que, efectivamente, él no había llegado a pensar que el proceso de construcción del robot no pasa por un aparato, sino que pasa por convertirnos a nosotros en robots. Primero está la visión, el sintezoide, y que vamos a ser parte orgánicos y parte mecánicos. Creo que es el paso obvio, que es lo que ya ves en Black mirror y que dan por hecho: Todo el mundo tiene una lentilla en el ojo que le permite recibir información sin necesidad de verlo en una pantalla. Cuando las cosas que están ocurriendo ahora tienen tamaña potencia, se equipara muchísimo el avance tecnológico con la lectura de la ciencia ficción.

¿Como en Her?

Exacto.



¿Nos deterioramos con mejor o peor estilo?

Desde luego, no creo en el avance ni en el desarrollo. Pienso que vivir es un proceso de envejecimiento que empieza en los primeros meses. Hay un momento, digamos, de máximo auge que yo colocaría entre los 18 y los 25, no por el tema de la juventud, sino porque te encuentras mejor físicamente y porque es el momento en el que apuestas con más virulencia por las ideas locas. También es el momento en el que eres lo suficientemente joven como para no rallarte con la gente ni con las ideas de los demás (absorbes más ideas ajenas por eso). También, entre los 18 y los 25 es cuando te gustan más las películas. Es el momento en el que ves Alien cuarenta veces y también flipas con Star Wars. El cine de Verhoeven, de [John] Carpenter, de [Carl Theodor] Dreyer, el cine clásico americano o el de Fritz Lang… Todo lo que veas, te va a marcar para siempre. A los 22 o así, descubrimos que en el Museo de Bellas Artes de Bilbao habían abierto un cine-club, pero con pasta. No como el de la Universidad, sino bien. Era gratis, pero tenían un presupuesto para hacer los ciclos. De pronto había un ciclo sobre el cine expresionista alemán ¡y lo daban todo! Era alucinante. Ahí vi El castillo de Vogelöd (de F. W. Murnau). Era una película a la semana, así que podías verla siete o seis veces, las que quisieras. Prácticamente, por la tarde no pisaba la Universidad. Me iba allí y la veía una y otra vez. Dieron: Welles, entero; expresionismo alemán, entero; cine negro americano, entero. Por ejemplo, dieron El bosque petrificado (dirigida por Archie Mayo) en copias en cine, en 35mm. Ahora, claro, no sería económico y lo harían en Blu-ray y tal, pero en aquel momento era una auténtica locura, una pasada. Nosotros flipábamos con aquello. Y gracias a Dios, el grupo de amigos que seguimos haciendo cine juntos (Ardi [José Arrizabalaga], Biafra [Arturo García], Jorge) recibimos una cantidad de información valiosísima que luego no se ha repetido. Yo decía: "Mi vida va a ser esto, va a ser estar viendo películas maravillosas constantemente y descubriendo mundos". No he vuelto a descubrir mundos que me gusten más y no he descubierto, sobre todo, ocasiones que me permitan ver todo aquello de esa manera. Es una lástima que no me haya pasado más. No he flipado con [Andréi] Tarkovski, por ejemplo. No me han hecho un ciclo de Tarkovski que me haya gustado tanto como aquellos que estaban, curiosamente, seleccionados por alguien que me construyó la cabeza, como el cine clásico americano, el cine mudo, el cine expresionista alemán, el cine de terror americano de la primera época, toda la filmografía de Orson Welles, toda la filmografía de Hitchcock… Todo eso junto, a saco.

¿En qué año fueron esos ciclos?

Por el 84. Era una especie de revelación de un montón de cosas que habías visto en televisión (francamente, en la televisión hubo buen cine), pero sin tener la oportunidad de verlas, sobre todo, en una pantalla.

¿Era porque se vivían otras vidas?

Pues un poco, porque es que… joder, era como una vida paralela. Estaba el cine que se veía en las pantallas, que tampoco estaba mal, pero es que en esa época estaba el cine de los 80 en su máximo esplendor (todo el cine americano con Steven Spielberg y tal…). También había un cine europeo que nos gustaba un huevo, Terry Gilliam… Había un montón de gente haciendo sus –lo que a mí me pareció- mejores películas. Desgraciadamente, en los 90 no lo vi y, por supuesto, en los 2000 tampoco. No veía esa pasión. Joder, es que de pronto veías Terciopelo azul (David Lynch) el mismo año que estabas viendo Los Goonies (Richard Donner). Es una cosa que ahora se echa de menos.

Tal vez exista miedo a la creatividad… Bueno, más bien un miedo a que te juzguen por tu creatividad.

Exacto. Has dado en el clavo. Ése es un poco el tema. Ahora no hay ningún tipo de censura, lo mismo que no la había antes. Lo que pasa es que antes había como una sensación de que no pasaba nada si contabas lo que querías. Ahora, francamente, hay una especie de autocensura terrorífica y sobre todo una pérdida de… Esto va a sonar a conservadurismo duro, pero hay una pérdida de valores, en el sentido contrario que se suele utilizar. Ya no hay esa alegría por el nihilismo o por perder la cabeza y hacer lo que te dé la gana. Al contrario, ahora todo el mundo es muy sensato y hace lo que tiene que hacer y todo el mundo se preocupa. Hasta mi hija se preocupa por lo que tiene que estudiar, cosa que a mí no me importó jamás. Soy yo el que ahora le dice "haz lo que te dé la gana, por el amor de Dios. No estés pensando en si es rentable o no". Noto que hay una especie de bajonazo a nivel emocional, que la gente está desengañada hasta unos niveles increíbles.

¿Porque se pensó más en el dinero?

Más que en el dinero, yo creo que lo que tenemos es miedo, que es un poco lo que cuenta El bar. Hay un miedo atroz a perderlo todo, a hacer el ridículo, a decir lo que piensas y que te metan en la cárcel… Cosas que en ningún momento había vivido antes. Recuerdo que hasta la muerte de Franco sí que había miedo a unas represalias por tu pensamiento o por tus ideologías, pero por otro lado había un premio considerable, que era "lo que había que pensar", porque estábamos todos de acuerdo en lo que estaba mal y que había que cambiarlo. Pero ahora no, ahora vivimos una época muy desmoralizante. No es que haya una moral establecida, es que no hay ninguna.

Antes, supongo, salías de una orilla y viajabas sabiendo que había otra orilla. Sin embargo, pienso, ahora sales de una orilla y no sabes si hay destino u otra orilla al final del trayecto.

Estamos en una especie de bote absurdo construido con leños y ninguna costa. No hay, olvídate. "Vive en el puto bote", que es lo que nos están diciendo. La gente, culturalmente, piensa, según cuentan las leyendas, que allí había una orilla, pero ya no hay ninguna a la que acudir.



Diógenes Laercio decía que "la cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad".

Hombre, yo creo que La secta del perro es, quizás, el grupo de filósofos que más me ha influido. Hay un libro fundamental que lo recoge y que os recomiendo [se refiere a La secta del perro. Vidas de los filósofos cínicos, cuyo autor es Carlos García Gual y Alianza Editorial quien publica la obra]. Y no solamente Diógenes, sino Antístenes, por ejemplo, que es esencial a ese nivel. La lucha por el pensamiento cínico me parece que es algo que deberíamos recuperar porque, de alguna manera, coloca las cosas en su sitio. Quizá sea el momento de necesitar un pensamiento cínico.

Otra cosa que has tenido siempre presente es la frase de Luis Buñuel que dice: "El acto más surrealista es salir con una ametralladora y disparar indiscriminadamente".

Bueno, ahora le habrían detenido por poner eso en Twitter. ¡Año y pico a la cárcel para el bueno de don Luis! Fíjate, no puedes mezclar ya delito y ficción, que es uno de los grandes inconvenientes de la ficción en este momento. O sea, los malos ya no pueden ser malos, porque la gente identifica los textos de los malos con tu pensamiento. Sobre El bar, me ha dicho mucha gente que si no me parecen muy sexistas los comentarios de Israel, el personaje de Jaime [Ordóñez] en la película. ¡Claro, obvio! Es que el personaje de Jaime es un loco sexista y machista, por eso habla así. Si quieren, lo quito y hago que todo sea la chica, pero vamos a tener un problema a los cinco minutos de película porque ya sabríamos lo que iba a pasar. Necesitas antagonistas en una ficción, pero es preocupante que en una ficción todos los personajes no puedan pensar como quieran, ¡aunque sea una ficción! Que no respetemos el ámbito de la ficción es algo cuanto menos peligroso.

Crimen ferpecto tiene el punto de vista de Rafa (Willy Toledo), que no deja de ser el malo. Es un personaje, creo, hecho para empatar con los espectadores.

Es que eso es lo fascinante de una película: Colocar, creo yo, al espectador en lugares morales en los que no puede estar en la vida normal. Eso es lo que mola del cine, que alguien, por una cantidad de dinero -cada vez más grande y excesiva, sin duda-, te permita vivir vidas que no son las tuyas. Por ocho o doce euros vas al cine y puedes ser un mafioso de puta madre que vive rodeado de mafiosos. Durante dos horas vives la vida de un mafioso y disfrutas un montón teniendo los problemas de un mafioso, matando gente, siendo un tipo perseguido por la policía… etcétera. El asunto está en que el espectador vive toda esa vida y después vuelve a su vida normal. Lo mismo que las películas de terror: Te ponen en una situación infinitamente más desagradable que las de tu vida, pero cuando llegas a tu vida, una vez acabada la película, dices: "Qué bien estoy y que a gusto me siento yendo ahora a comer con mi madre, porque no estoy angustiado pensando que es un aburrimiento comer con mi madre, porque he visto una película que me ha colocado en una situación infinitamente más comprometida y angustiosa, y ahora mi vida me resulta aceptable". Igual con una comedia; mientras estás aburridísimo pensando en que tienes que ir a ver a tu madre, resulta que que ves una comedia encantadora en la que disfrutas de la vida de unos cuatro o cinco personajes de Philadelphia que se lo pasan bomba. Después, cuando vuelves, la visita a tu madre te resulta más agradable porque has disfrutado. Para eso es el cine, para vivir la vida de otros, las que sean. Eso es lo que hace que las cosas funcionen. Pero si ya no podemos vivir todas las vidas porque algunas de ellas ofenden, entonces tenemos un problema muy gordo.

Y si tienes un problema, búscate otro mayor para que el otro no parezca tan grande.

(Risas) Sí, son cosas que averiguas cuando estás haciendo una película. La cantidad de problemas que se te vienen encima cuando estás haciendo una película son enormes. Y además, es muy divertido, porque así averiguas quien es el director (porque el director no es el que toma las grandes decisiones, sino que el director es, sencillamente, el que se come todos los marrones). "No podemos rodar en el bar que queríamos. ¿Qué hacemos? Están todos los camiones ahí afuera". Y tú dices: "Bueno, pues espérate. Déjame cinco minutos". Y piensas en cinco minutos y decides rodar todo en una mercería, porque acabas de entrar y te han dicho que sí, pero hay que cambiar todos los diálogos. Eso nos ha pasado mil veces: localizaciones que se caen, actores que no están… "Oye, esta secuencia iba de que tenían que matar a Johnny, pero no está Johnny. No viene hoy. ¿Qué hacemos? No podemos rodar otra cosa, porque ha venido Harry, que cuesta una pasta y era el que tenía que estar en la escena de matar a Johnny". Y dices: "Vale, vamos a matar a Johnny, pero que no se vea cómo le matan". Es muy gracioso cuando te hablan de la planificación, porque es una cosa que se hace muchas veces dos minutos antes de empezar a rodar. Eso es dirigir: Asumir todas esas inclemencias de un rodaje. Ahí es donde viene tu capacidad de decisión y tu capacidad de recuperarte ante esas situaciones. Por eso hay otra cosa que solíamos decir mucho, que era: "El que piensa pierde". Era una frase que siempre surge en los rodajes, porque no hay tiempo de pensar, porque el que piensa, efectivamente, ha perdido la oportunidad. Hay que actuar antes de pensar.



Estaba pensando en Balada triste de trompeta y en que los dos payasos son tus dos "yoes". Ahí, además de dirigir, ¿estás viendo algo personal a la vez? No sé si es lo mismo, pero me pregunto si los dos cómicos de Muertos de risa son iguales en ese estilo.

(Risas) Tampoco me lo había planteado nunca, pero, efectivamente, los dos soy yo. No es tanto identificarme con uno de ellos y que el otro sea el enemigo, sino que los dos forman parte de uno mismo. En el caso de Balada triste de trompeta, pensándolo, uno es ese tipo que no consigue adaptarse, ese pobre hombre metido en una tremenda historia (que sería Carlos Areces). Y el otro (Antonio de la Torre) eres tú mismo cuando te construyes una especie de vida estable y llega otro y te la estropea. O sea que, en definitiva, son dos ansias. Por un lado es tener una estabilidad y ser respetado y por el otro lado es intentar llegar a que te respeten. También tiene que ver con algo que siempre he pensado con los tipos de cine que me gustan. Está el cine de Woody Allen, que parece como que te da la sensación de ser un cine cercano, porque cuenta las cosas desde el punto de vista de un hombre al que le gusta el cine (un ejemplo sería Sueños de un seductor). Y por otro lado está el cine de [Humphrey] Bogart. ¿Quién eres entonces: Bogart o Woody Allen?

También se refleja la españolidad y la dualidad nacional en Balada triste de trompeta.

El otro día leí un chiste en El Jueves –salía una caricatura mía- en el que decían: "¿Esta película también refleja el drama de las dos Españas?". Y dice: "No, eso lo hago cada cinco años". Entonces, como ya estoy viendo que me estoy convirtiendo en un chiste, voy a abandonar este tema. Quiero decir que el tema de España en sí mismo forma parte de nuestra manera de ver el mundo y que ha estado ahí siempre. Yo he estudiado en Deusto y sé perfectamente que no es un tema mío, sino que también lo es de [José] Ortega y Gasset, de [Miguel de] Unamuno y de mi vecino del tercero. Es pensar qué ocurre al alrededor, fundamentalmente. En este caso es España, pero también podría ser el problema de las dos Finlandias si yo fuera [Aki] Kaurismäki. En ese sentido, pues chico, no sé… Me angustia no entender el país en el que vivo y darme cuenta de que existen constantes y de que estamos repitiendo los mismos errores una y otra vez. Da la sensación de que deberíamos hacer algo, de que alguien debería opinar sobre esto, pero, aunque hayan surgido nuevos talentos en el mundo político, se reproducen exactamente los mismos errores de una manera constante. Que tengamos esa capacidad de asunción de cualquier cosa nueva para convertirla en vieja es impresionante. Eso quiere decir que tenemos un problema que no depende de nosotros ni de nuestra generación, sino que viene de mucho antes.

¿De cuándo viene, más o menos?

Yo creo que es una cosa del siglo XVIII, cuando de pronto nos damos cuenta de que hemos perdido la partida y lo asumimos como parte de nuestro carácter. Creo que ahí es cuando empieza a surgir la historia. Nos han dado la oportunidad, hemos dominado el mundo, pero todo eso se ha ido a la mierda y, de alguna manera, empezamos a tener esa sensación de fracaso instaurada en nuestra cabeza (que sería coyuntural). Y luego está, fundamentalmente, nuestra manera de enfrentarnos al mundo a través de la religión (el cristianismo en España). Eso ha sido lo que realmente ha cambiado nuestra manera de ver las cosas y lo que nos ha impedido relacionarnos. Yo creo que desde el siglo XIX vivimos en otro universo previo, casi medieval a nivel emocional.

¿En Acción mutante está la sensación de haber perdido la partida? Lo digo por el grupo terrorista que protagoniza la película.

A principios del siglo XX, en el sur de España, el latifundismo demencial hace que la lucha de clases sea imposible porque no hay burguesía. Habría que pasar del campesinado -porque no había ni proletariado- a la lucha con los grandes latifundios, que están controlados por un grupo de cuatro o cinco que viven en una ciudad y que ni siquiera pisan el campo. Es muy complicado. Entonces, claro, eso genera que no haya un punto de vista intermedio, sino que se pasa de lo conservador al anarquismo. A mí eso me parece muy interesante, porque tenemos una afinidad hacia la anarquía provocada por una falta de grados. No somos gente construida gradualmente, sino gente construida en contraste. Eso de "o estás con nosotros o estás en contra" pero desde el principio de los tiempos.

Entonces, ¿lo más extremo que tenemos es la realidad?

Hombre, no sé si es lo más real, pero desde luego es lo que a mí me da la sensación de vivir con más intensidad. O sea, me interesa el contraste. Cuando veo un televisor y me dicen "mira qué cantidad de matices", me interesa. Sobre todo me interesa la definición y el contraste. O sea, que el blanco sea blanco y que el negro sea negro. En un Samsung, por ejemplo, pues funciona. O en los Sony, sobre todo en los Black Trinitron, que hacían mucho hincapié en la gran luminosidad y en el profundo contraste. Pero los millones de colores que vende por ejemplo un monitor Mac no es una cosa que me fascine particularmente. Me gusta que las cosas sean saladas, que piquen mucho y sobre todo que están muy tostadas. Del pollo, lo que más me gusta es la piel. Igual que en el cordero.

Justo lo que no recomiendan los médicos.

(Risas) Como decía Pata Negra: "Todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda". En ese sentido yo tengo mis limitaciones, obviamente (unas graves limitaciones). Me gusta más la forma que el contenido, no por analfabetismo o por ser un iletrado que no valora los matices, sino porque me da la sensación de que –lo que tú decías- vives más intensamente. Me pierdo muchas cosas a nivel de sabores, es posible, pero cuando como, como más.

¿Es más fácil defender las ideas de otro que las propias? Te lo digo por el punto de vista de director y de productor.

Los problemas que hay a la hora de dirigir son tan grandes, que el hecho mismo de estar rodando ya es un logro, una cosa festejable. Después, en el día a día, yo trabajo para que esté rodado lo que hemos escrito. Y ahí acaba, ¿eh? Normalmente, eso me empuja a una puesta en escena que refleje mi estado de ánimo, por eso mis películas, algunas veces, son tan histéricas. No creo jamás que me encuentre en un estado emocional como para hacer una película pausada, a no ser que ya sea un objetivo concreto. Es decir: Vamos a hacer daño haciendo esto. Sería mucho más sibilino, no sería para contar una historia, sino para hacer más daño aún. Por otro lado, no sé si es bueno, en ese sentido, hablar de estilo. Digamos que sería, más que nada, hablar de obsesión o de enfermedad.

¿Más que de los genes?

El cine de género me gusta mucho, pero fundamentalmente me gusta para no hacerle ni caso, aunque siempre he querido hacer una película de género. Igual, la película más de género que he hecho ha sido Los crímenes de Oxford. Hicimos un thriller de misterio y de punto, con sus fisuras y sus secuencias, pero fundamentalmente ha sido la más genérica a ese nivel. Cuando hago una de terror, es comedia, y cuando hago una comedia resulta que es terror. Esta especie de películas "simbólicas" son muchísimo más fáciles de interpretar por cualquiera; cada uno ve su película y cada uno me cuenta cosas diferentes. Luego, claro, el tiempo barniza las películas con un tono que ya se universaliza, entonces la gente dice: "Ah, la comedia esa tan graciosa del demonio (El día de la Bestia)". Recuerdo una reacción muy negativa por parte de la crítica, de gente muy seria que ahora ha escrito libros hablando de la película como una de las fundamentales de los años 90. Claro, te entra una carcajada cuando oyes eso… Pero lo más fuerte viene cuando hay gente que te dice: "Joder, la película está muy bien menos la escena de Schweppes, que es suprimible". No os voy a decir quién me lo ha dicho, pero fue un crítico muy serio.

¿Carlos Boyero?

No, no. A Boyero le gustó mucho. Pero, ¿cómo me pueden estar diciendo esto? Y luego es muy divertido, porque con el tiempo se convierte en una escena-icono de la película.

Sobre todo porque tus películas acaban "por lo alto".

Sí, menos en El bar, que acaba en lo más bajo. Hombre, es que hay un discurso moral en la altura. Cuando tú estás viendo Star Wars, notas que hay una tendencia en las películas épicas a subir hacia arriba. Los personajes van hacia arriba, como en La comunidad, porque allí se dicen las grandes verdades. A mí, particularmente, el final de El Imperio contraataca me parece de los mejores finales de la cinematografía de los últimos años. Los personajes caen pero se encuentran en lo más alto, curiosamente (cayendo se encuentran en lo más alto porque sigue habiendo un abismo bajo sus pies). Caen en una especie de precipicio en el interior del mundo de Lando Calrissian y se quedan enganchados en una antena, pero siguen teniendo un abismo debajo. Ahí es cuando se dicen las verdades: "Luke, yo soy tu padre". Es uno de los momentos más míticos. La única manera de rechazar la verdad es dejándose caer y ser absorbido por el abismo. Eso también está en Vértigo. Vértigo no es una película particularmente intelectual (ni El Imperio contraataca), pero cuando [Éric] Rohmer, en los 60 o a principios de los 70, escribe un artículo sobre Vértigo, refrendado por [François] Truffaut, de pronto resulta que Vértigo es una gran película que ahora está en el top de las mejores de la historia. Cuando en el libro de Truffaut [El cine según Hitchcock] le preguntan a Hitchcock qué le parece Vértigo, éste dice claramente que cubrió gastos, que era lo único que podía decir. Pero también es una película en la que el abismo, a la hora de decir la verdad, está ahí, el personaje también cae… etcétera. Son obsesiones. Es, digamos, el argumento cinematográfico más válido y que más me gusta.

¡Por cierto! Excelente guiño a Star Wars cuando sacas a Raphael (Alphonso) en su camerino en Mi gran noche.

Totalmente, es Darth Vader. Está vestido de negro… Además, lo mandé imitar e hicimos la mesa de maquillaje para que fuera exactamente igual que las ventanas de Vader en el Destructor Imperial.



¿Merece la pena hacer lo que la gente espera que hagas?

Es que eso es un viaje que yo no me esperaba y que estoy descubriendo ahora. Tú haces lo que te da la gana y lo que te dejan y entre esos dos conceptos se desarrolla tu vida. Intento hacer lo que me da la gana mientras no me maten a leñazos o a patadas, pero hay un momento en el que se da un fenómeno que uno no se espera en absoluto, que es que la gente empieza a compararte con tu propio trabajo. O sea, ¿¿yo ahora soy también un problema?? ¿¿Mi propio cine también es un problema?? Ya es el colmo, ¿no? Cuando dicen: "De la primera época me gustan más las primeras". Las primeras… ¿cuáles?, entonces te citan una última. Y de las primeras, ¿cuál? ¿Perdita Durango? Porque esa no le gustó a nadie. "No, Acción mutante y El día de la Bestia", dicen. Después hay otra gente que dice que volví en Balada triste de trompeta, ¡como si yo me estuviera yendo! Pero primero, ¿quién soy yo? Y segundo: ¿A dónde voy? Y no creo que sea una persona, sino que soy muchas. Eso, con el tiempo, se va viendo. Como si a un autor le obligaran a hacer siempre lo primero que hizo. Todo forma parte de una visión global que tiene la gente de las cosas y de la vida (nos molesta mucho que la gente no sea clasificable). Yo mismo, cuando veo una de Hitchcock, quiero que sea Hitchcock, porque me molesta mucho que haga otra cosa. Por ejemplo, cuando intentó hacer una comedia con Mr. & Mrs. Smith, se la negaron. También era lo que más le gustaba, porque en el fondo Hitchcock sabía que daba igual lo que hiciera, que lo importante era como lo hiciera. Lo mismo le pasaba a John Ford con las películas del Oeste, que tenía que hacer películas del Oeste cuando también hizo Las uvas de la ira y tantas otras. No tenían porqué ser, precisamente, películas del Oeste. Y lo mismo le pasa a Terry Gilliam, que al final ha convertido la locura, que era el tema de todas sus películas, en su propio plot. La locura y el fracaso. Precisamente ha hecho una película sobre don Quijote, que es el emblema de la locura y del fracaso mezclado con su propia personalidad, cosa que le impide hacer la película (lo ha intentado cuatro veces ya). Es muy brutal. A mí me está pasando también eso. Lo que hay que hacer es un poquito de oídos sordos para no meterte en ese juego, porque te vuelves loco. Cuando de pronto me dicen que he vuelto con El bar, ya me jode, ¿sabes? A mí me gustó muchísimo Mi gran noche y nadie dijo que volvía. A unos les gustó y a otros no les gustó una mierda. En definitiva, cuando estás haciendo un trabajo como el mío, es absolutamente necesario que te acostumbres a que un grupo de gente vaya a decirte que es fantástico lo que estás haciendo y que otro vaya a decir que es una mierda. Son cosas que forman parte de los comentarios de Twitter, o como cuando escribes algo en un blog y hay comentarios. Por eso es mejor no leerlos, porque la cantidad de radiación que hay en el interior es brutal. Hay que escuchar, por ejemplo, a gente como tú, que haces preguntas distintas o a los colegas, pero también los amigos están infectados.

¿A un director hay que decirle la verdad?

Yo nunca le digo la verdad a nadie, porque la verdad está muy sobrevalorada. Primero, no existe; segundo, porque es una opinión (la verdad no deja de ser una opinión). Están los datos, pero una cosa son los datos y otra es la verdad. La verdad, en sí misma, es una especie de concepto general y universal que no lleva a ningún sitio (no hay manera de incluir todos los datos en una verdad). Por lo tanto, la verdad no podría existir, porque sería como Dios, ¿no?, o como la naturaleza, si quieres. Todo lo real, todo lo que existe… ¡O la verdad contada o lo real contado! Con lo real contado hay un problema, porque ya hay un traductor y sería una opinión. No sé, me da mucho miedo cuando nos venden como datos u opiniones, que es lo que pasa todos los días en el periódico, en las noticias, en Twitter, en Instagram… o donde quieras. Te están vendiendo cosas que parecen verdad cuando en realidad te están dando una opinión a cerca de algo. Todo eso hay que abandonarlo. Y luego, por otro lado, hay una razón afectiva. O sea, lo que interesa es, precisamente en la cultura, filtrar esa verdad de modo que tú consigas hacer la vida de los demás más llevadera. Como cuando dicen eso de "una foto real". Una foto tiene un marco, por lo tanto ya no estás fotografiando otra cosa, así que ya estás mintiendo. Tu mirada es de trescientos sesenta grados, por arriba y por abajo, con lo cual te fotografiarías a ti mismo y también te estarías engañando, por lo que no habría opción. Siempre va a haber un punto de vista y, por lo tanto, siempre va a haber una interpretación. Intentar ir por otros lados es absurdo. Intentemos vivir, primero, haciendo lo que uno hace y ya está, llevando un diálogo cordial con lo que te rodea, pero sin, desde luego, meterte hasta la nariz.

¿Qué pasó, pues, con 800 Balas?

800 Balas fue la primera película que produje. Perdí hasta la corbata haciéndola y es una de mis películas favoritas. Tampoco es muy recordada, pero siempre hay alguien que de pronto dice que le encantó y tal. Es de mis películas favoritas. Me gusta mucho porque de pronto se dan una serie de personas y de situaciones que me encantan.

Creo que fue de las primeras películas en las que se le dio más protagonismo a Eduardo Gómez.

El ahorcado que está leyendo el Marca constantemente. En definitiva, es hablar otra vez del cine, de un grupo de gente que prefiere vivir antes en un decorado que en la vida real. El encierro en tus sueños. Te encierras en un decorado que has construido tú mismo para buscar algo que es inalcanzable, que es ese sueño de vivir en una película. Entonces, resulta que hay un grupo de especialistas que viven allí, interpretando una especie de circo de payasos recordando las películas del Oeste (también hay algo de Balada triste de trompeta). Pero claro, llega un momento en el que les resulta tan agotador volver al pueblo para vivir la vida normal que ya no se cambian ni de ropa, así que se quedan vestidos de vaqueros durmiendo en el decorado, con lo cual duermen en una celda. Yo fui a Tabernas (Almería) y conocí a un par de tipos que trabajaban todos los días allí, disfrazados de vaqueros, montando a caballo y corriendo aventuras con los indios. Eran aventuras falsas, pero luego iban al saloon de verdad y bebían whisky de verdad. Uno de ellos, concretamente, era alcohólico empedernido. Decía: "¿Para qué me voy a ir yo a casa a ver a mi mujer y todo el rollo? Me quedo a dormir en la cárcel". Y dormía en un catre del decorado de la cárcel, que era de madera. Y pensé: "Este tío lo ha conseguido. Vive en una película, en el interior de una película". Al final contamos la historia de un grupo de gente que vive en el interior de una paranoia absurda que te lleva a la locura para rechazar la realidad, como le sucede a Sancho Gracia (Julián) en la película.

Como se dice en Mi gran noche, "todo es tan absurdo que al final terminas haciendo lo que te da la gana".

(Risas) Sí, eso lo dice Blanca [Suárez]. Es todo tan absurdo que, al final, es el único sitio donde poder ser libre.

¿Será que el humor no tiene ni puta gracia?

Es una frase de Eduardo Gómez en Muertos de risa. En ese caso, lo que viene a explicar el personaje es que la vida de los humoristas es muchísimo más dramática de lo que uno piensa y que el humor es un proceso mental, no una especie de escape. En el humor también hay una reivindicación del humorista como el único tipo serio que hay (el humor es lo más riguroso, lo único que es serio). No es que no tenga ni puta gracia, es que, precisamente, es lo único serio que hay, porque el pensamiento hipotéticamente serio y no científico o político o ético está tan absolutamente desprestigiado y tirado por los suelos que lo único que me queda es la opción de ser humorista. Y, de hecho, respeto y admiro a los humoristas por encima de cualquier otra persona en el mundo, porque, efectivamente, me merecen respeto. Están dedicándose a algo que controlan, a algo absurdo y pequeño pero a la vez inmenso, porque nos sirve para soportar a todo el resto de personas que nos imponen una seriedad impostada y ridícula.



FOTOS: JAIME PARTEARROYO
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