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Y Chuck Berry dejó huérfano al rock & roll

JAIME DE LAS HERAS | 19/3/2017
Si existe un cielo del rock & roll, teníamos realmente muy claro que el trono del Padre estaría aún desierto. Desde hace décadas ese lugar estaba reservado a Chuck Berry. Aquel a quien los calificativos de padre, pionero o fundador se le quedan cortos y el que, irónicamente, nos dijo adiós pocas horas antes del Día del Padre.

Pero pensar en el Chuck Berry físico es una utopía. Desde hace décadas trascendió de un Olimpo al que él había llegado para materializarse en una suerte de Mesías musical. Quizás algunos lo consideren casi una blasfemia pero nosotros creemos que si existe Dios y sabe tocar la guitarra, habría sido un hombre negro nacido el 18 de octubre de 1926 en Saint Louis.

Es allí, amalgama de la civilización estadounidense, donde se fundieron buena parte de los sonidos del jazz y del blues que conquistaron a Charles Edward Anderson Berry, al que el tiempo y la vida acostumbró a llamar Chuck.

El mismo que alzó el vuelo con el viento que le impulsó Chicago, la famosa Windy City, y que encumbró a aquella suerte de lagartija del Medio Oeste que convirtió a la guitarra en protagonista. Sí, es cierto que el blues ya la amaba desde hacía años pero no era un amor exclusivo. Y también es cierto que el jazz manifestaba su querencia hacia aquellas seis cuerdas de manera intempestiva.

Pero llegó Chuck Berry y la amó como nunca antes se la había querido. Se la convirtió en protagonista y reina de su propia fiesta. La guitarra se dignificó en los largos dedos de Berry para convertirse en su mejor amante y ella le concedió el privilegio de ser el padre de aquella criatura llamada rock & roll.

Juntos engendrarían sin saberlo lo que sería el género musical más popular del siglo XX, con perdón de algunos puristas. Un camino que empezaron a marcar a partir de la década de los cuarenta cuando aquella anarquista de estilizado mástil buscaba un compañero con el que fugarse.

Aquel espigado instrumento se acodó en los eternos licks de Berry, en el concepto del riff y en el contoneo vibrante que aquella sobredosis de voltios generaba. Aquella suerte de ritual de brujería criolla que sacudía el flaco cuerpo de Berry para a cada momento, hacerlo estremecer hasta la punta de los pies.

Frenetismo musical en estado puro que demandaba a las seis cuerdas que alguien la llevase al límite, que le dijera hasta dónde podía llegar. Ella se entregó a él y juntos se amaron como nunca antes un instrumento amó a un músico. Aunque posteriormente llegaran genios que pudieran emular (e incluso superar a Berry) la relación nunca sería igual de romántica.

Esa primera vez con rasgados acordes. Ese redescubrir las notas a través de unas cuerdas que, como el signo de los tiempos, se habían electrificado para que su sonido se multiplicase. Una relación casi platónica que, afortunadamente, Berry consumaba cada noche al lado de sus inseparables Gibson.

Historia eterna de la música que jamás morirá. Quizás el cuerpo desaparezca pero el legado ha sido inoculado en generaciones de personas que alguna vez soñaron con ser Chuck Berry. Cientos e incluso miles que rinden pleitesía ante aquello que alguno habría pensado como santería y que sin embargo dignificó a la guitarra.

Nombres que van desde Presley hasta Hendrix pasando por grupos de amigos llamados The Beatles o The Rolling Stones y que todos, a su debido tiempo y paso, se postraron con la guitarra en la mano y con aquel veneno en su sangre para doctorarse en el rock & roll.

Lo que vendría después sólo sería la consagración de un peregrinaje casi devoto a la figura de Berry. Sin él nada habría sido igual. Sin él el rock & roll quizás aún permaneciera en las sombras de alguna cabeza de Saint Louis llena de blues y con ganas de explotar.

Afortunadamente aquello pasó hace casi 70 años y nosotros, una vez más, nos postramos de hinojos ante Chuck Berry, el auténtico padre del rock & roll y el hombre que amó a la guitarra como nunca antes se amó a un instrumento.
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