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John Updike, retratista del americano medio

DANIEL AVENIDA | 18/3/2017
Hoy, justo hoy, John Updike cumpliría 85 años. Pero el cáncer de pulmón se lo llevó en 2009, dejando atrás una estela de relatos, poesías y novelas que todo el mundo debería leer. Así es la vida, algo que a uno se le acaba y, cuando llega el final, es el resto quien revisa el pasado y nos coloca la etiqueta que habrá de definirnos durante el tiempo que tarden en olvidarnos.

Si debe aparecer algo en un texto sobre Updike es Harry ‘Conejo’ Angstrom, el personaje protagonista de aquella serie de novelas (Conejo es rico, Conejo en paz, Conejo en el recuerdo, El regreso de Conejo y Corre, Conejo) que le valió el Premio Pulitzer en dos ocasiones (1982 y 1991). Y es que este protestante de clase media de un pueblo norteamericano (en palabras de Updike) trascendió las barreras literarias para saltar del papel a la memoria colectiva en una maniobra impredecible e inmortal. Cosas de la genialidad.

Es probable que ni su madre, profesora de instituto y principal culpable de que Updike comenzase a escribir, imaginase que algún día su hijo se iba a convertir en uno de los escritores más relevantes del siglo XX. Y es que el éxito, más allá del potencial que la mayoría de padres ven en sus hijos, es algo que se huele sólo cuando uno lo tiene encima (y el que diga lo contrario, es un arrogante o miente).

Graduado cum laude en Literatura Inglesa por la Universidad de Harvard, redactor de The New Yorker y amable ciudadano de Ipswich, lugar al que se trasladó al terminar sus estudios y que serviría, poco tiempo después, como base para desarrollar parte de su ficción inicial. Y desde aquí, pasando por los ensayos, las crónicas y las poesías, ya se sabe cómo fueron las cosas.

Pocos han sabido retratar la sociedad norteamericana con el talento y el acierto de Updike. Por eso, Las brujas de Eastwick, El Golpe de Estado y Parejas no se bajan de las estanterías que ocupan desde hace mucho tiempo en las librerías de todo el mundo. Porque el lector sigue aplaudiendo cada palabra que el autor dejó escrita. Y nosotros, cómo no, también.

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