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20 Minutos

¿Quién (coño) es Joaquín Sabina?

CARLOS H. VÁZQUEZ | 16/3/2017
Haters, pelotas y fans de Joaquín Sabina desean que Lo niego todo (Sony, 2017) sea el último punto y aparte del músico. ¿Pero quién lo conoce en realidad?

Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) no está ni se le espera. Lo hacen inaccesible, a veces en exceso. Llegar a él es una tarea complicada si no eres hija del que pintó de negro el sol en Madrid, entre Gran Vía y Montera, donde las putas llaman "mi amor" a los viejos verdes que mendigan cariño cuando el mes de abril asoma por el calendario. Dos moritos, calle abajo, se reparten una ficha de hachís con un tipo que ya llevaba alguna hostia dada en la cara. Con la madrugada del revés, cualquiera puede terminar como un vulgar "John Lennon de Lavapiés".

En Madrid se es extranjero porque gatos ya no quedan; perdieron seis de sus siete vidas atiborrándose a churros en San Ginés y se reservaron la última para pasar de puntillas por delante del Congreso de los Diputados, donde vive solo, como buen cobarde, el policía de lo correcto. En Madrid, todos caminan por la calle con un gramo de esperanza en la nariz (incluso los gatos).

Sobre el terreno de juego de la plaza de Agustín Lara destacan, etílicos, dos delanteros que juegan al catenaccio cuando reciben un "no", una cobra o un guantazo. Hacen buen equipo. Son los Kiko y Penev del doblete de la yonquilata. Uno de ellos destaca por su altura y por una melena que parece un estropajo Nanas deshilachado. El otro, más bajito, sólo coincide con su compañero en el tono de voz. "Cuéntales, colega. Cuéntales lo de que te follaste a la Ana Obregón. Cuéntales, tronco", azuza este Sancho Panza particular. El largo le responde con una risotada: "¡Y me la volvería a tirar!". Son persistentes en el ataque e insisten en que las corralas no son molinos sino gigantes. Buscan a Dulcinea a base de pedirle cigarrillos y preguntarle el nombre (aunque se los den falsos) a la sección femenina. Si les echan de un grupo, se van a otro para repetir la misma estrategia.

Los hidalgos de la grifa, a veces a caballo, parecían conocer famoseo y narraban, orgullosos, cómo se empotraron a tal rubia oxigenada de la televisión. "Cuéntales lo que hizo Massiel. Cuéntales, tío". El otro, riendo como el perro Pulgoso y con otra carcajada, soltaba: "¿Sabes que los Beatles se separaron por culpa de Massiel y que el Sabina sabe toda la movida?".



Dice la tradición católica que Joaquín, el santo, fue marido de Santa Ana y padre de María, madre de Jesús. Pero cuidado, que Sabina es "suspenso en religión", así que no cuenta. De todos modos, Dios será su abogado de oficio en el día del juicio final ("¿a quién le puede importar, después de muerto, que uno tenga sus vicios?"). Los dioses paganos le han de dar su bendición, como canta en Sin pena ni gloria, pero sin prisas, que a las misas de réquiem nunca fue aficionado y el cura que ha de darle la extremaunción es todavía un monaguillo (lo escribió en A mis cuarenta y diez).

La vida, alrededor de Joaquín Sabina, ya no es tan suya. Cuenta en La viudita de Clicquot que, a los 15, los cuerdos de atar le cortaron las alas. Que a los 20 escapó por las malas del pie del altar y que a los 30 fue de armas tomar sin chaleco antibalas ("Londres fue Montparnasse sin gabachos… Atocha con mar"). A los cuarenta y diez, cuando tenía que enfrentarse a dictar testamento ("perdón por la tristeza") y aparentaba 49, naufragó en un plus ultra sin faro (su caballo volvió solo a casa y se pasó de la raya con tal de pasar por el aro). Y después, con 60, ¿qué importaba la talla de sus Calvin Klein? En efecto, lo que rodea a Joaquín Sabina ya no es tan suyo, ni tan siquiera los "síes" y los "noes" que van a la deriva, como botella arrojada al mar.

Un día le llamó Leonard Cohen por teléfono, pero él no estaba, como cuando se le espera ("para mentiras, las de la realidad, que promete todo pero nada te da"). Le han robado el mes de abril (dice que fue el ministro Montoro, de Hacienda), le desea buenas noches a la primavera y le pone los cuernos al invierno. Y ahí sigue, (sobre)viviendo, aplazando giras, porque la salud ya no pasa ni una. Anda Sabina con un pie en el ojalá y otro en el postdata.

Y eso que Sabina no es un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio (y si se queja, sus razones tendrá). Si la vida se deja, él le mete mano. Y si no, aún le excita su oficio. No cree en la reencarnación -según La del pirata cojo-, pero se va de viaje para vivir otras vidas y probarse otros nombres; a colarse en el traje y la piel de todos los hombres... que nunca será. "Como director, no me gustaría tenerme de actor. Como actor, no me gustaría tenerme de director", dijo Robert Redford. ¿Querría Joaquín Sabina tenerse a sí mismo como actor si fuera director? ¿Y al contrario? Desde luego, es autobiográfico hasta la última calada.

Algunas veces, el mismo Sabina se recuerda a alguien y, en otras, se trata de usted. ¿Ha hecho canciones para ser quien no podía ser? Y como esta boca es suya, contesta: "Todo el mundo ha hecho canciones para ser quien no era. Cualquiera que escriba, lo que hace es inventar una vida que hubiera querido vivir, ¿no?, como pasa en La del pirata cojo". Pero… ¿quién (coño) es Joaquín Sabina? "Hablo de la vida de un idiota con bombín que dice llamarse como yo", contesta el autor sobre Lo niego todo. Si el mejor Madrid lo ha cantado un andaluz, ¿quién ha estado cantando entonces en nombre de Joaquín Sabina? Cuando se engaña, no sabe a quién creer.

FOTOS: JAVIER SALAS
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