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20 Minutos

Los cien años de Juan Rulfo

DANIEL AVENIDA | 12/3/2017
Juan Rulfo cumpliría 100 años el próximo 16 de abril, pero se nos murió en la Ciudad de México allá por el 86. Esto nos obliga a echarle de menos, pero nos quedan sus libros -que ya es mucho- y esa mirada del que ha visitado Comala y después ha vuelto para contarlo. Desde aquí le mandamos saludos, a él y al Tío Celerino, que es a quien debemos muchas de sus historias, hasta que se le fue de esta vida y ya no pudo escribirnos más.

Durante estos meses, veréis mil cosas sobre Rulfo, todas de ellas bien merecidas -y no habrá más porque no se puede, pero debería-, para celebrar los cien años que habría de cumplir el autor de El Llano en llamas y Pedro Páramo, dos obras fundamentales de la literatura. La primera se publicó en 1953. Era un pequeño tomito de 17 cuentos que no tardó apenas tiempo en ganarse el cariño y la admiración de cuantos se atrevieron a leerlo. Para hablar de la segunda, Pedro Páramo, nos falta espacio y tiempo, porque las ganas de explicar cuántas cosas encierra, y de mostrarle al lector por qué no puede perderse una novela así, son tan grandes que a uno se le agarran de mala forma al estómago y termina por sentirse estúpido en incapaz de decir nada.

Después vino el Boom Latinoamericano, y se perfeccionó aquello del realismo mágico que tanto le gusta a todo el mundo. Pero Juan hizo mucho más de lo que creéis, terminando con la novela revolucionaria y abriendo camino a la experimentación de nuevas formas, que alcanzarían su cima con autores como Cortázar, García Márquez y Onetti (entre otros), para acabar con Rulfo a la cola porque ya nunca escribió nada más.

Y por eso hablábamos del Tío Celerino, que es, en palabras de Rulfo, quien le contaba las historias hasta que se murió. Lo explicaba muy bien Vila-Matas en aquel excelente Bartleby y compañía, y también Monterroso con ese cuento del zorro (El Zorro es más sabio. La oveja negra y demás fábulas, 1969), pero ese ya es otro tema.

Solo podemos pediros, a los que todavía no hayáis estado, que vengáis a Comala porque nos dijo su madre que allá vivía nuestro padre, un tal Juan Rulfo. Y nosotros le prometimos que iríamos a verlo en cuanto éste muriera. Le apretamos sus manos en señal de que lo haríamos, pues estaba por morirse y nosotros en un plan de prometerlo todo. "No dejéis de ir a visitarlo -nos recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gustó conoceros". Entonces no pudimos hacer otra cosa sino decirle que así lo haríamos, y de tanto decírselo se lo seguimos diciendo aun después de que a nuestras manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

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