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Recordando a Tolkien, primera piedra de la ficción fantástica

DANIEL AVENIDA | 12/3/2017
Lo cierto es que Tolkien no fue el primero. Antes que él hubo unos cuantos que desarrollaron la fantasía con relatos ahora bien conocidos: La serpiente de Uróboros, Solomon Kane y Conan el Bárbaro entre otros. Los libros y los personajes os sonarán a todos, pero quizá no tanto el nombre de los autores: Robert E. Howard y Eric Rücker Eddison (por mencionar algunos). Por eso empezamos hablando de ellos, genios anteriores a Tolkien y que sirvieron de ejemplo al maestro de la Tierra Media para desarrollar un género del que más tarde se convertiría en el rey indiscutible: la alta fantasía. Y ahora sí, vamos con J.R.R.

Tolkien llegó al mundo en Bloemfontein, Sudáfrica, y podríamos saltarnos buena parte de su infancia (para evitar el tedio) hasta un acontecimiento importante: una tarántula picó al escritor cuando era todavía un niño, y muchos ven este momento como algo de suma importancia en el desarrollo de sus historias. Con la salud algo tocada, los padres deciden trasladar a la familia para ver si un cambio de clima hace mejorar al pequeño Tolkien. El padre se queda en Sudáfrica por temas de negocios, y, aunque su intención es reunirse con su familia lo antes posible, muere a causa de una fiebre reumática. ¿Y ahora qué? Pues se queda sola la señora Mabel -madre de Tolkien-, con el pequeño J.R.R (John Ronald Reuel, por si no sabíais de dónde venía) y su hermano Hilary Arthur, sin ingresos y sin saber en qué dirección ir.

Shaerhole se convirtió en su nueva casa. Allí salen adelante como pueden, y Tolkien estudia, estudia y estudia, hasta graduarse en Filología Inglesa entre el aplauso de varios catedráticos que ven en él una promesa de la Lengua y la Literatura. También conoció a Edith, y se pasó años intentando que ésta comprendiese cuando la quería, algo que ocurrió años después y termino en boda, poco tiempo antes de que a Roland se le cruzase la idea de ayudar a su país alistándose en el ejército para luchar durante la Primera Guerra Mundial. Y así, graduado y feliz, Tolkien se marchó a la batalla del Somme y vuelvió a Inglaterra completamente enfermo. Aquí empieza la bueno.

En una cabaña de Staffordshire, Tolkien trató de sobrevivir a la fiebre como buenamente pudo. Para pasar el tiempo, comenzó a escribir un libro que más tarde tituló El libro de los cuentos perdidos. Limpiaba el campamento y escribía en sus ratos libres. Así hasta que le trasladaron cerca de casa, y ya pudo pasear con su mujer, escribir más y más, y convertirse en profesor de universidad una vez terminó la guerra. Allí, como profesor del Pembroke College, escribió El hobbit y los dos primeros tomos de El Señor de los Anillos. No hace falta decir que jamás pudo imaginar la importancia que tendrían estos textos pasadas unas décadas.

La Tierra Media, algo que se le había ocurrido a Tolkien durante su adolescencia, terminó por hacerse con su mundo. Ensayos, mitología propia e incluso una lengua inventada, todo a partir de aquella idea, Arda, y el continente imaginario en el que se encontraba. Y por eso, por el valor que esto tenía, C.S. Lewis le animó a publicar El hobbit (e incluso le propuso para el Nobel), lo que le convirtió en un éxito e hizo que la editorial pidiese más material sobre la Tierra Media. Acababa de nacer un fenómeno literario. Y nadie pudo pararlo.

Luego vinieron muchos, muchísimos, y siguieron la línea de Tolkien. También llegaron las películas, Peter Jackson y el merchandising. Y luego aparecieron las series de ficción fantástica que nadie pudo perderse, bien porque las veía, bien porque se las contaban. Y todo porque un tipo decidió escribir un libro de cuentos (que acabaría por llamarse El Silmarillion), y un libro para sus hijos (El hobbit), hasta que la historia se volvió más seria y terminó creando un universo inabarcable, capaz de revolucionar la historia de la literatura y todo lo que encontró por el medio.
Por eso nadie olvidará jamás quién fue J.R.R. Tolkien.
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