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Tom Wolfe, el padre que nunca supo batear

DANIEL AVENIDA | 2/3/2017
Tom Wolfe intentó dedicarse al béisbol, pero pronto se dio cuenta de que no servía para eso. Había terminado de estudiar Literatura y Periodismo en la Universidad de Washington, y estaba orgulloso de haber rechazado la oferta de Princeton. Aunque esto no importaba demasiado, porque él quería batear y lo que todos veían, cuando Wolfe echaba el bate hacia atrás, era una enorme falta de talento.

Decidió llamar a la puerta de Enquirer, The Washington Post y New York Herald, a ver si allí tenía más suerte que en el campo de béisbol y alguien le pagaba por escribir alguna pieza. No fue mala idea, pues aquello ganó fuerza y le abrió un camino que, agarrado con fuerza al realismo, le sirvió para retratar la sociedad contemporánea a través de una ficción que se mezcla de manera perfecta con el periodismo más puro. Iba a nacer, con Capote, Talese y Wolfe, lo que pronto se conocería como ‘Nuevo Periodismo’.

Dickens, Steinbeck y Zola pasearon como fantasmas alrededor de Wolfe para dar forma a una obra en constante evolución, desde el realismo antes mencionado hasta el mainstream, pasando por el pop de los sesenta y el narcisismo de los ochenta. Un icono vestido siempre de traje blanco, fanático de Bush y declarado ateo, capaz de despertar el interés de muchos y el desprecio de otros tantos, a quienes eso de "padre del Nuevo Periodismo" les suena tan arrogante como el mismo Wolfe. Pero qué va uno a decir del autor de La hoguera de las vanidades, novela de admirable construcción -y a la que sobrevuela, quizá de forma injusta, aquel manido término: "sobrevalorado"- que aguarda en un rincón de todas las estanterías para que, generación tras generación, alguien le sople el polvo y le dé una oportunidad más a Sherman McCoy.

Hoy se cumplen 86 años desde aquel día en que Tom Wolfe respiró por primera vez el aire de Richmond. Por eso desde Esquire le mandamos un abrazo, y le damos las gracias a la vida por negarle a Wolfe, padre del Nuevo Periodismo, el talento de saber batear.
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